Sincronía Winter 2007


Identidad desplazada a la periferia: un acercamiento analítico a la figura del padre en Las batallas en el desierto

Manuel Cerpa


[...] la patria ocupada

por hombres como su padre. En consecuencia

más ajenos, más extranjeros, más invasores todavía.

 

Pacheco, “Un poeta novohispano”

 

 

Nos hemos propuesto analizar en Las batallas en el desierto, novela de José Emilio Pacheco, las representaciones que el narrador-personaje hace del patriarcado y del padre, específicamente el suyo. Esto nos parece oportuno porque incluso algunos de los mejores artículos que se han escrito sobre esta novela lo abordan de manera lateral, para centrarse principalmente en Mariana. [1]

           

            Buscando representaciones de la estructura social en la estructura del texto, nuestro propósito es estudiar al padre, y los conceptos de que de él se derivan, como patriarcado, patria, patrimonio, en función a la formación de identidad.

 

1.-  La opresión social del patriarcado

 

Carlos, como instancia narrativa, asume la heteroglosia (o pluralidad discursiva) de los personajes de la novela  alternando el discurso directo libre con el discurso indirecto pero sin comillas  y,  a través de un proceso de especularidad, da cuenta desde la madurez de un período particular de su propia infancia, cincuenta y dos años después.[2]

 

            Se trata, pues, de un narrador con focalización interna que se esfuerza por recordar; pero ni la edad del personaje-narrador ni el año del tiempo histórico en que se sitúa la diégesis se presentan explícitamente. Desde el comienzo se establece una tensión entre lo determinado y lo indeterminado: “Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquel?” (9)[3] En su esfuerzo por recordar, esta instancia oculta y revela conforme selecciona de su experiencia los hechos que le ayudarán a precisar: “Fue el año de la poliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos”. (10) Es notorio el anacronismo, la persistencia por omitir la fecha, como algo que se desconoce, a pesar de que se hace referencia explícita al gobierno alemanista: “Dicen que con la próxima tormenta estallará el canal del desagüe y anegará la capital. Qué importa, contestaba mi hermano, si bajo el régimen de Miguel Alemán ya vivimos hundidos en la mierda.” (10) El anacronismo causa, por una parte, la impresión de una mayor distancia temporal entre los hechos y el momento de la enunciación: “Qué antigua, qué remota, qué imposible esta historia.”[4] (67); por otra parte y a pesar de nuestra anterior observación, omitir la fecha o aun el año aunque se dice en qué período presidencial se sucedieron los hechos, genera una imprecisión temporal que refiere inmovilidad. Ésta se estructura en oposición a la idea de “progreso” que el gobierno pretende implantar: “La cara del Señor presidente en donde quiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso[5] con Miguel Alemán como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos.” (10)  La serie  (dibujos, retratos, fotos, caricaturas, monumentos)  detalla inmovilidad.

            Pero, además de la inmovilidad, se opone a la idea del progreso la figura del círculo cuya progresión vuelve más próximo lo pasado: “Fue el año de la poliomielitis[]; de la fiebre aftosa[]; de las inundaciones: el centro de la ciudad se convertía otra vez en laguna, la gente iba por las calles en lancha.” (10)  Bajo el régimen de Alemán, parece haber un retroceso, evidentemente negativo, al México prehispánico. La estructura genética del texto se construye en oposición al “progreso”, pero en relación a éste, tiene un mayor grado de antonimia que la inmovilidad el retroceso: “todo pasó como pasan los discos en la sinfonola.” (68) En la sinfonola (otro anacronismo) los discos  pasan de principio a fin haciendo del fin el principio; es decir que a pesar del cambio la sucesión fuerza la repetición, en eso consiste su progreso. El comienzo del primer párrafo se repite, con una variante, en el penúltimo de la novela.  Cita tomada del primer párrafo: “Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél? (9); cita del penúltimo párrafo: “Me acuerdo, no me acuerdo ni siquiera del año.” (67) Fin y principio convergen así circularmente.

 

            La tensión entre lo determinado e indeterminado del tiempo histórico en  que se sitúa la fábula tiene una correspondencia con las voces que actualiza el narrador Carlos, muy especialmente la suya propia. Aunque los diálogos se presentan, salvo excepciones, sin hacer alguna diferenciación tipográfica o espacial, las voces se suceden una a la otra diferenciándose en  virtud de la heteroglosia misma. Así como se ofrece información sobre el tiempo en que acontecieron los hechos pero se omiten las fechas, se sabe quien habla pero se omiten las marcas textuales como espacios, guiones o comillas. La instancia narrativa “funde sutilmente dos órdenes temporales y dos perspectivas: la voz de Carlitos penetra en el espacio textual con sus propias palabras, yuxtapuestas a las de Carlos, suscitando una contaminación de hablas de la cual emana la ironía y la riqueza lírico-sugestiva de la obra”[6], según observa Verani. Pero más allá del análisis estilístico, esto nos interesa en la medida en que la voz de Carlos y la de Carlitos se confunden como negación del transcurrir temporal y por tanto contradiciendo la idea de progreso del discurso presidencial alemanista.

           

            Alemán, desde la perspectiva de la instancia narrativa,  representa una estructura social  en que predomina el patriarcado católico (“Dios Padre”), opresivo (“hundidos en la mierda”) y vigilante: “La cara del señor presidente en donde quiera” (10); incapaz de ofrecer los servicios, como se especifica en el ámbito de la salud, necesarios para asimilar a los niños en una vida funcional de equidad: “Fue el año de la poliomielitis: escuelas llenas de niños con aparatos ortopédicos”. (10)

 

2.- Patria e identidad   

 

A través de la educación  se muestra una voluntad nacional de destacar lo propio (con un optimismo que la instancia narrativa va degradando[7])  en busca de una identidad nacional.  Este autorreconocimiento está centrado, como es común en los procesos de identidad, en el espacio geográfico, la lengua y la historia que la comunidad comparten: “Nos enseñaban historia patria, lengua nacional, geografía del DF: los ríos (aún quedaban ríos), las montañas (se veían las montañas). (10) La estructura de la novela insiste en la figura del padre como modeladora de identidad: “historia patria”. Patria proviene del latín pater, padre. Pero es también la figura patriarcal vigilante, opresiva y corrupta, simbolizada en el Miguel Alemán del texto como máximo jefe de gobierno, la que obstaculiza el reconocimiento en lo propio como proceso de formación de identidad. Basado en la industrialización, Alemán busca el crecimiento económico del país (y el ilícito enriquecimiento personal) siguiendo el modelo  extranjero, ajeno, de progreso y modernización que representa la inversión de capital en México por parte de  Estados Unidos: 

 

            contratos por todas partes, terrenos en Acapulco, permisos de importación,             constructoras, permisos para establecer filiales de compañías norteamericanas; [...] cien             millones de pesos cambiados en dólares y depositados en Suiza el día anterior a la             devaluación. (18-19)

 

            El poder presidencial coludido con el extranjero trae como consecuencia una invasión cultural que afecta todos los valores identitarios: la lengua, la comida, la educación, el ocio, el trabajo, etc. La confianza en lo propio, como fundamento de identidad, es perdida ante el supuesto de que lo extranjero es mejor. Veamos específicamente el caso de la lengua en relación a la comida:

 

            Empezábamos a comer hamburguesas, pays, donas, jotdods, malteadas, áiscrim,             margarina, mantequilla de cacahuate. La cocacola sepultaba las aguas frescas de        jamaica, chía, limón. Los pobres seguían tomando tepache. Nuestros padres se             habituaban al jaibol que en principio les supo a medicina. En mi casa está prohibido el             tequila, le escuché decir a mi tío Julian. Yo nada más sirvo whisky a mis invitados: hay       que blanquear el gusto de los mexicanos.  (12)

 

            En oposición a  lo nacional  que está relacionado con la pobreza, lo extranjero es visto como superior, de buen “gusto”,  a través de un discurso racial que se filtra por medio del verbo “blanquear”. La bebida de los blancos es manifiestamente preferida por el tío; su aceptación es representada por la asimilación sin distorsiones de la palabra misma: “whisky”. El resto de las palabras, focalizadas en la voz de Carlitos[8], muestran por contraste una violentación de las formas inglesas: “jotdogs, áiscrim, jaibol”. La instancia no refiere una castellanización, sino particularmente una “mexicanización”. (cf. 11) Como el tío, el padre de Carlitos, modela sus gustos y valores favoreciendo los prejuicios que mediante sus enseñanzas y ejemplo  llevarán a Carlos, finalmente, a una confrontación de lo pasado y lo presente, de lo nacional y lo extranjero como una problematización de la  identidad.

 

 

3.- Enseñanzas de un padre que es hombre de negocios

 

La imagen del padre es determinante para cada miembro de la sociedad, tanto para  niños como adultos. El padre de Carlitos es “despreciado, a pesar de su título de ingeniero, por ser hijo de un sastre”. (50)  Pero es un arribista tenaz que aunque no ejerce como ingeniero, se ha dedicado a los negocios. Aunque sin éxito pues

 

            dilapidó la herencia del suegro en negocios absurdos como un intento de línea aérea             entre las ciudades del centro y otro de exportación de tequila a los Estados Unidos.             Luego, a base de préstamos de mis tíos maternos, compró la fábrica de jabón que       anduvo bien durante la guerra y se hundió cuando las compañías norteamericanas             invadieron el mercado nacional. (50)

 

            Es evidente la ironía de “negocios absurdos” puesto que ambos intentos, tanto el de la línea aérea como el de la exportación de tequila a los Estados Unidos, se cumplieron con mucho éxito en años posteriores a los que está situada la diégesis. En este sentido el padre es un visionario con mala suerte, hasta que decide y logra aliarse con el capital extranjero. El narrador-personaje muestra admiración en las empresas del padre. Esta admiración es sistemática en toda la obra. Tomemos como otro ejemplo  la pelea que se suscita entre Rosales y Carlitos. Cuando éste le mostraba un libro a Jim: “Rosales, que nunca antes se había metido conmigo,  gritó: Hey, miren: esos dos son putos.” (24) La agresión consiste, precisamente, en desvirtuar su hombría en relación a su capacidad, aunque son niños, como hombres progenitores. Pero volvamos al padre y analicemos, siempre desde la visión del hijo, su reacción:

 

            Gracias a la pelea mi padre me enseñó a no despreciar. Me preguntó con quién me había             enfrentado. Llamé “indio” a Rosales. Mi padre dijo que en México todos éramos indios,   aún sin saberlo ni quererlo. Si los indios no fueran al mismo tiempo los pobres nadie             usaría esa palabra a modo de insulto. Me referí a Rosales como “pelado”. Mi padre    señaló que nadie tiene la culpa de estar en la miseria, y antes de juzgar mal a alguien             debía pensar si tuvo las mismas oportunidades que yo. (24)

 

            El padre no castiga, sino que premia al hijo con su enseñanza; por lo cual el hijo está agradecido: “Gracias a la pelea mi padre me enseñó a no despreciar”. Pese a esto, el discurso moral del padre está sustentado en otro de orden comercial, precio, que se filtra con la palabra “despreciar”. (Recordemos que él mismo, el padre, es “despreciado a pesar de su título de ingeniero”.) En el resto de la cita se habla de “pobreza” y “miseria”  estableciendo un vínculo con la raza. “Llamé indio a Rosales. Mi padre dijo que en México todos éramos indios aún sin saberlo ni quererlo. Si los indios no fueran al mismo tiempo los pobres nadie usaría esa palabra a modo de insulto.” Para el padre lo verdaderamente significativo es que indio equivale a pobre y ahí radica su insulto.

 

             “Me referí a Rosales –continúa la instancia narrativa– como ‘pelado’. Mi padre señaló que nadie tiene la culpa de estar en la miseria”. En la palabra pelado, como adjetivo, se distingue en primera instancia la carencia, no como una falta congénita o natural (pelón) sino como deformación, como un agravio que es tal ante el despojo: al peleado le han cortado el pelo, símbolo de abundancia y libertad. El pelado ha sido sometido; de ahí que el adjetivo pase a ser una característica de su ser, de su sustancia: un sustantivo.

 

            En México inicialmente se llamó pelado al campesino que abandonó su ámbito rural para incorporarse, en busca de prosperidad económica, al entorno urbano. Es, a decir de Bartra, “una especie de campesino urbano  –– valga la paradoja ––    semi-asfixiado por la ciudad, que ha perdido el edén rural y no ha encontrando la tierra prometida.”[9] Pronto, la palabra se volvió sinónimo de pobreza ante una sociedad empeñada en implantar la idea de progreso. “Nadie tiene la culpa de estar en la miseria”, dice el padre con un optimismo que en el contexto de desigualdad social del que emana y que él mismo favorece en busca del éxito personal, parece ingenuo o perverso. Y no es extraño puesto que las lecturas que modelan su visión unilateral y “positiva” de la vida son best sellers norteamericanos de superación personal: “Mi padre devoraba Cómo ganar amigos e influir en los negocios, El dominio de sí mismo, El poder del pensamiento positivo, La vida comienza a los cuarenta.” (51)

 

4.- Aprender inglés para adquirir estatus

 

El padre de Carlitos busca el éxito personal no sólo en lecturas de origen norteamericano sino que se empeña en el aprendizaje de  la lengua misma:

 

            Mi padre me esperaba muy serio en la antesala, entre números maltratados de Life,     Look, Holiday, orgulloso de poder leerlos de corrido. Acababa de aprobar, el primero en             su grupo de adultos, un curso nocturno e intensivo de inglés y a diario practicaba con             discos y manuales. Qué curioso ver estudiando a una persona de su edad, a un hombre             viejísimo de 48 años. Muy de mañana, después del ejercicio y antes del desayuno,             repasaba sus verbos irregulares –be, was/were, been; have, had, had; get, got, gotten; break, broke, broken; forget, forgot, forgotten- y sus pronunciaciones –apple, world,             conuntry, people, business- que para Jim eran tan naturales y para él resultaban de lo             más complicado. (47)

 

            El  padre es visto como un hombre consejero,  “positivo”. De la cita anterior se deduce que es también paciente, disciplinado, orgulloso de sus propios logros y, a pesar de la edad, competitivo;  pues aprueba el curso nocturno de inglés como el primero de su grupo de adultos. Si estudia de noche es porque de día está casi enteramente dedicado a su trabajo “Mi padre no salía de su fábrica de jabones” (23), aunque también dedica tiempo a sus hijos para aconsejarlos, como ya se vio, y aún para llevarlos a “normalizar” con algún especialista (cf. 41), como es el caso en que el padre espera en la antesala del psicólogo. Sobresale como un hombre cuya disciplina es poco complaciente con el cuerpo, a la manera de los puritanos que emigraron en gran número a América del Norte y que han influido decisivamente en el crecimiento comercial de los Estados Unidos. Se levanta muy de mañana a hacer, primero, ejercicio; incluso antes de desayunar repasa los verbos irregulares y las pronunciaciones de la lengua que cambiará su estatus social.

 

            En la cita aparecen tres series de palabras en inglés. La primera y la tercera  son de sustantivos. Los nombres de revistas: Life, Look, Holiday (Vida,  Apariencia, Vacaciones) tienen como tema central la riqueza y el estatus, es decir el poder adquisitivo cuyo discurso se refuerza con la palabra poder: “orgulloso de poder leerlos”. Este discurso se relaciona con el de lo cuantitativo: “entre números”. Ambos se vinculan con el de lo comercial de la serie “apple, world, country, people, business” (manzana, mundo, país, gente, negocios), que se construye en progresión ascendente (apple, world) y descendente (world, country) para terminar, después de ir de lo pequeño a lo grande y viceversa en un afán de abarcarlo todo, en people y por fin,  dándole mayor relevancia, a manera de clímax, business.

 

            La segunda serie es particularmente interesante porque está compuesta sólo de verbos, es decir acciones “be, was/were, been; have, had, had; get, got, gotten;             break, broke, broken; forget, forgot, forgotten.” El problema con la traducción al castellano es que la serie se vuelve más extensa al implicar el paradigma de conjugación en singular y plural. En inglés, en cambio, permanece la ambigüedad que podría sólo referir a la primera y (especialmente en el caso del verbo be, con were) a la segunda persona del singular haciendo más característica la individualidad. En este sentido tendríamos como una traducción más pertinente: soy, fui/ fuiste, sido; tengo, tuve, tenido; adquiero, adquirí, adquirido; rompo, rompí, roto; olvido, olvidé, olvidado. Donde se evidencia un desdoblamiento del yo (ser, fui o be, was) hacia un otro (fuiste o were) en relación con el cambio hacia la identificación con el capitalismo monopolista que, en oposición a la familia tradicional mexicana, privilegia, siguiendo el resto de la serie,  la sociedad de consumo, además parece  sacada de un curso de programación neurolingüística, característica de los libros de superación personal que el padre “devoraba” (51), en que se destaca el yo en relación a sus posesiones y actitudes de  ruptura y olvido.

 

            La relación entre la lengua inglesa y el estatus es también evidente en las oraciones que el padre repite, de nuevo cuantitativamente, “mil veces”:

 

            Su antigua recámara[la de Héctor] la utilizaba mi padre para guardar la contabilidad             secreta de la fábrica y repetir mil veces cada lección de sus discos. At what time did you             go to bed last night, that you are not yet up? I went to bed very late, and I overslept             myself. I could not sleep until four o’clock in the morning. My servant did not call me,             therefore I did not wake up. No conozco otra persona adulta que en efecto haya             aprendido a hablar inglés en menos de un año. No le quedaba otro remedio. (55)

 

En esta cita se reitera lo que ya habíamos observado. Por medio del discurso de lo cuantitativo el idioma inglés es relacionado con el estatus: el mismo espacio se utiliza para “guardar” (posesión) la contabilidad y repetir “mil veces cada lección”. Las lecciones son de nuevo poco complacientes con el cuerpo, esta vez específicamente con el descanso, como lo muestra la traducción que ofrecemos: “¿A qué hora  se fue usted a la cama anoche, que todavía no se levanta? Me fui a la cama muy tarde, y dormí de más.

No pude dormir sino hasta las cuatro de la mañana. Mi sirviente no me llamó, entonces no desperté.” Estas no son sólo lecciones de inglés, sino de una forma de vida elitista pero  rígida y regida por la rutina en que reponer horas de sueño significa una falta. La falta además se atribuye a un sujeto subordinado, el sirviente. La figura del padre muestra un caso de identidad deformada por las ideas de estatus y superioridad que significan  la intervención económica y cultural de los Estados Unidos.

 

 

5.- Sólo en broma  se critica  al padre

 

Los negocios del padre y en relación a éstos, sus lecturas y el aprendizaje de la lengua inglesa en busca de estatus, son sólo facetas de su rol familiar de proveedor. La de Carlitos es una familia nuclear: compuesta de padre, madre y hermanos (Héctor, Rosa María, Isabel, Carlitos, Estelita). Según observa Steele, “la familia de Carlitos sirve como una especie de alegoría para la configuración de la sociedad de clase media y su absorción gradual hacia la estructura del capitalismo monopolista a través de la colusión con la burguesía norteamericana”.[10] Esta familia presenta roles muy específicos de familia tradicional mexicana de clase media. El padre es apreciado según su capacidad para solventar las necesidades de la familia.  Hemos visto el respeto que la instancia narrativa, desde la perspectiva de Carlitos, mantiene hacia la imagen paterna. Este respeto se deriva de su rol de proveedor, de su capacidad financiera. De igual manera ante las problemáticas familiares, de cualquier índole, se le juzga atendiendo a esos mismos criterios. Esto queda muy bien sintetizado en la cita siguiente:

 

            Héctor se endrogó con sus amigos del parque Urueta e hizo destrozos en un café de             chinos; mi padre tuvo que pagar la multa y los daños y mover influencias en el gobierno             para que Héctor no fuera a la cárcel. Cuando escuché que se había endrogado creí que             Héctor debía dinero, pues en mi casa siempre se les llamó drogas a las deudas. (En este      sentido mi padre era un perfecto drogadicto.) (52)

 

           

            Ante el comportamiento antisocial de Héctor, que deriva en daños a la propiedad privada,  es el padre quien tiene que “pagar la multa y los daños”. La instancia narrativa se sirve de un eufemismo utilizado para enmascarar la falta  de Héctor (drogarse/endrogarse) y formular una degradación del padre; pero no directamente y sólo como  chiste y entre paréntesis. Si Héctor al drogarse se endroga, en cambio el padre al adquirir drogas, o sea ante su incapacidad de solventar los gastos, es un “perfecto drogadicto”.

 

6.- Identificación con el padre

 

El padre es una referencia del hijo. Esto ocurre dentro y fuera del espacio familiar. Ejemplifiquemos ambos casos: una vez que Caritos visita a Jim e impresionado por Mariana, se demora de vuelta a casa, la madre lo reprende y cuestiona por su retardo e indaga acerca de la identidad del amigo: “¿Es ese con quien vas al cine? Sí. Su papá es muy importante. Trabaja en el gobierno” (32) El niño, para aminorar la falta, ofrece como referencia la imagen social del padre de su amigo, y así validar ante la madre su amistad.

 

            Lo mismo ocurre antes, cuando Mariana, mostrando interés por el amigo de su hijo, pregunta a Carlitos sobre su padre: “Mariana me preguntó: ¿A qué se dedica tu papá? Qué pena contestarle: es dueño de una fábrica, hace jabones de tocador y de lavadero. Lo están arruinando los detergentes.” (29) El niño percibe la importancia del padre en relación a su representación del patrimonio. Según el orden de las oraciones, lo más importante es destacar la situación de “pena” que el cuestionamiento de Mariana demanda. Esta pena resulta de la situación poco favorable de la fábrica del padre ante la competencia del capital extranjero.

 

7.- Infancia de Carlitos, de la periferia al centro

 

La identificación que se establece entre el hijo y el padre vale tanto para los adultos como para los niños. Veamos cómo afecta ante sus compañeros la imagen que Carlitos tiene de su padre cuando su situación económica le es, primero, adversa:

 

            Mi padre no salía de su fábrica de jabones que se ahogaba ante la competencia y la             publicidad de las marcas norteamericanas. Anunciaban por radio los nuevos             detergentes: Ace, Fab, Vel, y sentenciaban: El jabón pasó a la historia. Aquella espuma             que para todos (aún ignorantes de sus daños) significaba limpieza, comodidad, bienestar             y para las mujeres, liberación de horas sin término ante el lavadero, para nosotros             representaban la cresta de la ola que se llevaba nuestros privilegios. (23)

 

 

            El padre se encuentra oprimido en el no-movimiento y en lo bajo: “no salía” “se ahogaba”.  Ante el poder o el centro que representan las “marcas norteamericanas” el padre  está en una situación marginal. Con Giner, entendemos esta marginación como una “situación de exclusión de determinados individuos o grupos respecto a los ámbitos de poder e interacción social que son considerados dominantes, normalizados y más apreciados en el contexto social donde viven.”[11] Por los medios de comunicación masiva, a través de la publicidad, los detergentes se autodenominan e imponen en la opinión pública como superiores, en el movimiento y lo alto: “la cresta de la ola”.

 

            En este contexto, Carlitos muestra una simpatía por aquellos de sus compañeros que son marginados. Tal es el caso de Toru y de Jim, ambos de ascendencia extranjera. El primero es víctima  de molestias y burlas en las que Carlitos se mantiene al margen: “Nunca me sumé a las burlas. Pensaba en lo que sentiría yo, único mexicano en una escuela de Tokio; y lo que sentiría Toru con aquellas películas en que los japoneses eran representados como simios gesticulantes y morían por millares.” (15) Toru es marginado por pertenecer a una raza que es representada por el cine norteamericano a consecuencia de la guerra y por medio de animalización como enemiga de los Estados Unidos, cuya cultura, por medio del imperialismo comercial, es impuesta en México como superior.

 

            En el caso de Jim, los problemas de socialización que enfrenta con sus compañeros se deben a la idealización que éste hace de su supuesto padre y la contrastante imagen que del Señor tienen los otros niños: “no es hijo de ese cabrón ratero que está chingando a México, sino de un periodista gringo que se llevó a la mamá a San Francisco y nunca se casó con ella.” (19) De acuerdo con Steele,

 

            los dos lazos románticos de Mariana, las dos alianzas que forma en un intento por lograr   cierto grado de autonomía, se dan con representantes de las fuerzas que estaban alejando             a México del sueño de ser una buena sociedad y que lo estaban conduciendo hacia un             futuro de corrupción, autoritarismo, consumismo y dependencia tanto cultural como             económica.[12]

 

           

           

            Pero  Carlitos no sólo  defiende  a Jim ante sus compañeros sino que simpatiza con él hasta propiciar una amistad: “Jim se ha hecho mi amigo porque no soy su juez. En resumidas cuentas, él que culpa tiene. Nadie escoge cómo nace, de quien nace.” (19-20)

 

            Cuando Carlitos responde los tests del psiquiatra muestra cierto grado de consciencia social y una identificación con los marginados: “‘Lo que más odio’: La crueldad con la gente y con los animales, la violencia, los gritos, la presunción, los abusos de los hermanos mayores, la aritmética, que haya quienes no tienen para comer mientras otros  se quedan con todo”. (46) Pero esta postura cambia radicalmente cuando la situación económica del padre, y por tanto de toda la familia, también cambia:

 

            Al llegar las vacaciones de fin de año todo era muy distinto para nosotros: mi padre             había vendido la fábrica y acababan de nombrarlo gerente al servicio de la empresa             norteamericana que absorbió sus marcas de jabones. Héctor estudiaba en la universidad             de Chicago y mis hermanas mayores en Texas. (58)

 

            El padre se ha “vendido” a las “empresas norteamericanas” para entrar así a la burguesía industrial y cumplir sus aspiraciones de riqueza y estatus que para él han significado el centro o poder en su aspiración de triunfo. Al respecto Steele apunta que “A medida que la brecha socioeconómica  entre la burguesía y las clases bajas se amplía bajo la política desarrollista de Miguel Alemán (que en esencia seguirán los futuros presidentes de México), la familia de Carlitos se aleja cada vez más de sus compatriotas mexicanos.”[13] Resultado de esta polarización de la riqueza es  la situación de miseria en que se encuentra, en el último capítulo de la novela, Rosales; el niño más desprotegido puesto que no tiene padre.[14] 

 

 

8.-  Madurez de Carlos, del centro a la periferia

 

Hemos visto cómo, para conducirnos a la representación de la inmovilidad, el retroceso y la circularidad en oposición al discurso alemanista del progreso, “en Las batallas en el desierto se oyen, constantemente indiferenciadas, la voz del adulto que comunica la visión madura de los hechos y la voz del niño incapaz de dilucidar la situación vivida.”[15] Pero hay algunos momentos de la novela en que la voz de Carlos, el “hombre maduro”[16], no sólo se diferencia sino que se opone radicalmente a la del Carlitos que disfruta de la riqueza del padre. Esto ocurre, después de su ascenso económico, cuando Carlitos regresa de jugar tenis en el Junior Club y se encuentra con Rosales quien ahora vende chicles en los camiones.

 

            El encuentro visual  precede al oral. “Rosales pidió permiso al chofer y subió con una caja de chicles Adams.” (58) Cuando Rosales vio a Carlitos “a toda velocidad bajó apenadísimo a esconderse tras un árbol”. (59) Carlitos baja “del Santa María ya en movimiento” (59) para darle “alcance”. (59) Desde la visión de Carlitos, quien está en lo alto y en movimiento, o sea en el progreso, Rosales está en lo bajo y atrás,  en el atraso.

                       

            En este contexto de disparidad económica que aleja a Carlitos de Rosales (el primero simbólicamente colocado en lo  alto y en el progreso como centro, el segundo en lo bajo y el atraso como periferia), hay en la narración algunas oraciones, encerradas entre paréntesis, cuyo contrapunto o cambio de perspectiva evidencian un distanciamiento. El Carlos de la enunciación se aleja del centro en que se encuentra el Carlitos de la diégesis.  A continuación parte de los dos párrafos de donde proceden:        

 

Escena ridícula: Rosales, por favor, no tengas pena. Está muy bien que trabajes (yo que nunca había trabajado). Ayudar a tu mamá no es ninguna vergüenza, todo lo contrario (yo en el papel de la Doctora Corazón desde su Clínica de Almas). Mira, ven, te invito un helado en La Bella Italia. No sabes cuánto gusto me da verte (yo el magnánimo que a pesar de la devaluación y de la inflación tenía dinero de sobra). Rosales hosco, pálido, retrocediendo. Hasta que al fin se detuvo y me miró a los ojos.

      No, Carlitos, mejor una torta, si eres tan amable. No me he desayunado. Me muero de hambre. Oye ¿no me tienes coraje por nuestros pleitos? Qué va, Rosales, los pleitos ya qué importan (yo el generoso, capaz de perdonar porque se ha vuelto invulnerable). (59)

 

           

            Notemos que las frases dentro de los paréntesis son irónicas, y crean una tras otra una gradación que evidencia el ingenuo egoísmo de Carlitos que ha incorporado en su discurso la visión de la burguesía industrial (trabajo, espectáculo, dinero). Todas las frases parentéticas empiezan con “yo”, evidenciando dicho egoísmo. A éste se incorporan los mismos discursos económicos de superioridad, riqueza  y estatus que han llevado al padre a incorporarse al imperialismo cultural y comercial de Estados Unidos.

 

9.- Periferia como problema de identidad

 

En la novela son poco frecuentes las marcan textuales para diferenciar una voz de otra. La utilización de signos de puntuación aislantes como los paréntesis, para evidenciar el contrapunto de  la voz del narrador-personaje Carlos, y la voz del Carlitos enriquecido con el padre, es significativo porque evidencia una voluntad de la instancia narrativa por producir una oposición entre el Carlos maduro de la enunciación y el Carlitos de ese momento específico de la diégesis.

 

            También significa una resistencia contra los discursos que han modelado la visión del padre y un retorno al estado primordial en que éste y, por lo tanto, el hijo  no han sido corrompidos por las ideas extranjeras, impuestas como centro. En sus reflexiones sobre identidad cultural, Friedman establece una relación entre centro, y periferia:

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          

             Desde el punto de vista  de la cultura, es posible conceptualizar la identidad             civilizada como un repertorio o estructura de comportamiento, modales, reglas e ideas             que definen las propiedades de un centro por oposición a una periferia, temporal y/o             espacial, que presenta un carácter más “primordial”[17]

 

            Ese retorno al primer Carlitos, “como pasan los discos en la sinfonola” (68), es  un intento de volver a lo  primordial, a la época en que la cultura tradicional se ve amenazada por la extranjera. Además de una problematización de la memoria, la oposición al centro y la imposibilidad de volver al origen sitúan al narrador, en el último párrafo de la novela, en una periferia que se caracteriza  por la desorientación en el tiempo y el espacio:

 

            Me acuerdo, no me acuerdo ni siquiera del año. [...] Jamás volví a ver a Rosales ni         a nadie de aquella época. Demolieron la escuela, demolieron el             edificio de Mariana,             demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad.             Terminó aquel    país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese             horror quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola.             (67-68)

 

            La instancia narrativa no tiene claro el tiempo, ni ofrece marcas que nos especifiquen el espacio de la enunciación: “aquella época”, “México de aquellos años”, “esa ciudad”, “aquel país”. “ese horror”. Los adjetivos demostrativos marcan una distancia  entre el narrador, el tiempo y el espacio de su origen, México. Esto se relaciona con un profundo sentido de pérdida por medio de las marcas de carencia (jamás, ni, nadie (2 veces), no hay, quién puede tener[18], nunca) y destrucción (demolieron (4 veces) acabó, terminó, pasó, pasan). De nuevo con Fiedman, vemos en lo anterior una crisis de identidad:

 

            [...] la identidad civilizada tiene una construcción específica, que se basa en una             oposición entre un yo situado en el centro y una periferia definida como naturaleza,             cultura tradicional, lo salvaje, la libido: una periferia que está “ahí afuera” y/o una             periferia que está en nosotros. La crisis de identidad consiste en la salida a la superficie             de lo que está periferizado en nosotros, un encierro de lo que está periferizado fuera de             nosotros, una búsqueda del significado y las “raíces” en el sentido más amplio.[19]

 

            En Las batallas en el desierto, los centros están definidos por las figuras paternas, ya sea el patriarcado que representa Alemán en el ámbito social, ya sea el padre en el personal. La descentralización en busca de las raíces se manifiesta como una crisis de identidad.

 

 

Para concluir este acercamiento a Las batallas en el desierto a través del análisis de la figura del padre, diremos que ésta es de gran relevancia tanto en el ámbito social como en el personal. Conceptos como patriarcado, patria, patrimonio (derivados del latín pater, padre) se muestran a través del análisis como de gran relevancia en los procesos de formación de identidad. 

 

            En la novela se  denuncia el patriarcado católico, opresivo y corrupto representado por Miguel Alemán por medio de la estructura circular del relato que manifiesta una oposición a la idea de progreso que el sexenio alemanista quiso implantar en el pueblo mexicano.

 

            Así mismo, el discurso moral del padre está desplazado por discursos de orden comercial. Lo nacional está relacionado con la pobreza y lo extranjero, específicamente lo norteamericano, con la riqueza. Tal es el caso del padre de Carlitos que muestra un caso de identidad deformada por ideas de estatus y superioridad procedentes de la cultura de Estados Unidos. El padre es apreciado según su capacidad para solventar las necesidades económicas de la familia y el hijo percibe la importancia del padre en relación a su representación del patrimonio. El ejemplo y enseñanzas del padre, quien toma como centro, imitándola, la cultura norteamericana,  llevarán al narrador-personaje en la madurez a una confrontación de lo pasado y lo presente, de lo nacional y lo extranjero. Esta confrontación, caracterizada por un sentimiento de pérdida y destrucción del espacio de origen, México, se construye como una crisis de identidad que lo desplaza a una periferia cultural.

 

Bibliografía

 

Bartra, Roger. La jaula de la melancolía. Identidad y metamorfosis del mexicano. Grijalbo, México: 1996.

 

Friedman, Jonathan. Identidad cultural y proceso global.  Amorrortu, Argentina: 2001.

 

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Pacheco, José Emilio. Las batallas en el desierto. Era, México: 1981.

 

_____, Las batallas en el desierto. Era, 2ª ed. (revisada), México: 1999.

 

_____, Tarde  o temprano [Poemas 1958-2000].  F.C.E. 3ª ed. (revisada, corregida y aumentada), col. Letras Mexicanas, México: 2002.

 

Popovic, Karic (prol.) y Fidel Chávez (coords., coautores). José Emilio Pacheco, perspectivas críticas. Siglo XXI, TEC, México: 2006.

 

Steele, Cynthia. Cosificación y deseo en la tierra baldía: Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. (pp. 274-291) En  La hoguera y el viento. Hugo Verani (comp. prologuista. coautor). Era y UNAM, México: 1994.

 

Tibón, Gutierre. Diccionario etimológico comparado de nombres propios de persona. FC.E. México:  2ª ed. 1986.

 

Verani, Hugo. Disonancia y desmitificación en Las batallas en el desierto (pp. 263-273). En La hoguera y el viento. Hugo Verani (comp. prologuista. coautor). Era y UNAM, México: 1994.

 



[1] Cf. Benmiloud, Karim. El personaje de Mariana en Las batallas en el desierto: un retrato por art (302-328). En José Emilio Pacheco, perspectivas críticas. Karic Popovic (prol.) y Fidel Chávez (coords., coautores). Siglo XXI, TEC, México: 2006.; Steele, Cynthia. Cosificación y deseo en la tierra baldía: Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. (pp. 274-291) En  La hoguera y el viento. Hugo Verani (comp. prologuista. coautor). Era y UNAM, México: 1994.

[2] Considerando que Mariana dice a Carlitos: “acabo de cumplir veintiocho años” (38) y que Carlos, al final de la novela reflexiona: “Nunca sabré si aún vive Mariana. Si hoy viviera tendría ya ochenta años” (68).

[3] Pacheco, José Emilio. Las batallas en el desierto. Era, 2ª ed. (revisada): 1999. Todas las citas textuales de la obra proceden de esta edición, entre paréntesis se indica el número de página.

[4] “El mundo antiguo” es el intertítulo con que abre la obra. Entre las modificaciones que hizo Pacheco a la segunda edición  es notorio el distanciamiento de veinte años. En la primera edición, de 1981, se lee: “nunca sabré si aún vive Mariana. Si viviera tendría sesenta años.”  (68), en la segunda edición, de 1999, en cambio: “Nunca sabré si aún vive Mariana. Si hoy viviera tendría ya ochenta años.” (68).

[5] Todas las negritas de las citas textuales son mías.

[6] Verani, Hugo. Disonancia y desmitificación en Las batallas en el desierto (pp. 263-273). En La hoguera y el viento. Hugo Verani (comp. prologuista. coautor). Era y UNAM, México: 1994. p. 264.

[7] Algunas de  las degradaciones que, sistemáticamente,  hace la instancia narrativa están entre paréntesis y corresponden a una visión madura y desencantada que se oponen a la visión ingenua y optimista del niño.

[8] O al menos en otra u otras voces que no son la del tío.

[9] Bartra, Roger. La jaula de la melancolía. Identidad y metamorfosis del mexicano. Grijalbo, México: 1996. p. 46.

[10] Steele, Cynthia. Cosificación y deseo en la tierra baldía: Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco. (pp. 274-291) En  La hoguera y el viento. Hugo Verani (comp. prologuista. coautor). Era y UNAM, México: 1994. p. 278.

[11] Giner, Salvador et al. Diccionario de sociología. Alianza Editorial, Madrid: 1998. s.v. Marginación.

[12] Steele, Op. cit. p. 285.

[13] Op. cit. 275.

[14] Recodemos que según Rosales, tras el  suicidio de Mariana, a Jim “se lo llevó su verdadero papá.”  (62)

[15] Verani, Ibidem.

[16] Tibón, Gutierre. Diccionario etimológico comparado de nombres propios de persona. FC.E. México:  2ª ed. 1986. s.v. Carlos.

[17] Friedman, Jonathan. Identidad cultural y proceso global.  Amorrortu, Argentina: 2001. p. 131.

[18] La interrogación indirecta da un sentido negativo al verbo tener.

[19] Friedman, Op. cit. p. 138.

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