Sincronía Primavera 2004


LA DINÁMICA DE LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL: HUNTINGTON A DEBATE.

 

Raimundo Otero Enríquez , Universidad de A Coruña.

E-mail: raimundo_otero@hotmail.com


 

INTRODUCCIÓN

 

Resulta muy complejo saber cómo la llamada “lucha” de las civilizaciones debe ser correctamente abordada como objeto de estudio. No obstante, nuestra pretensión en este trabajo es tratar de explicar como tal confrontación se ha producido. En concreto, parte de este análisis irá encaminado a rebatir las ideas expuestas, principalmente, por Samuel Huntington en su libro “El choque de las civilizaciones” y, en menor medida, por el politólogo Giovanni Sartori. Ambos autores, desde nuestro punto de vista, ofrecen perspectivas de Occidente “inocentes” y poco rigurosas con una historia presa de la irreflexión generada tras los acontecimientos del 11-S. Señalar que no haremos un mero comentario crítico de sus aportaciones, sino también teorizaremos acerca de cómo y con qué “modos” la civilización occidental ha interaccionado con otras.

 

Tengamos como punto de partida las siguientes líneas escritas por Huntington:

 

“Occidente difiere de las demás civilizaciones, no con el modo en que se ha desarrollado, sino en el carácter peculiar de sus valores e instituciones. Entre estos se encuentran sobre todo su cristianismo, pluralismo, individualismo e imperio de la ley, que hicieron posible que Occidente inventara la modernidad, se extendiera por el mundo y se convirtiera en la envidia de las demás sociedades. Estas características (...) convierten en única a la civilización occidental (...) es valiosa, no porque sea universal, sino porque es única. Por consiguiente, la principal responsabilidad de los líderes occidentales no es intentar remodelar otras civilizaciones a imagen de Occidente, cosa que escapa a su poder en decadencia, sino preservar, proteger y renovar las cualidades únicas de la civilización occidental (2)”.

 

¿Este párrafo se ajusta a la realidad histórica que se ha forjado Occidente a lo largo de su existencia o respira un etnocentrismo que adultera dicha realidad? 

 

 

1/ OCCIDENTE BAJO LA IDEOLOGÍA

 

Huntington, en nuestra opinión, cae en el error de conceder a la civilización occidental una aureola de superioridad nacida de una peligrosa ideología. Centrémonos en la “era del imperialismo formal” (1870-1914) (3) en donde, bajo un complejo fenómeno interactivo de motivaciones económicas, políticas e ideológicas, nos encontramos con unas relaciones entre países “desarrollados” y países o territorios “atrasados” caracterizadas, aunque algunos quieran olvidarlo, por una descomunal brutalidad. Centrémonos en las motivaciones ideológicas del imperialismo, esto es, la idea de que las naciones occidentales, siendo las más poderosas desde un punto de vista técnico, económico y moral estaban llamadas a dominar el mundo. El hombre blanco debía realizar “costase lo que costase” una misión de tintes místicos y divinos: ejercer una acción civilizadora en pueblos considerados como inferiores y bárbaros (4).

 

De dónde buscar una fuente de legitimidad que justificase la “puesta en marcha” de la ideología imperialista: en una cultura que había depositado una inmensa confianza en las ideas positivistas y etnocentristas del progreso, en la exaltación irracional de la voluntad o, indudablemente, en las tesis racistas del darwinismo social que gozaron de una gran aceptación popular. Desde la literatura -pensemos en las obras de Julio Verne o Richard Kipling- o desde un enfoque antropológico -pensemos en la teoría clasificadora de las razas de G. Cuvier en 1817 o en el “Essai sur l´inegalité des races humaines” de Gobineau-, todos los esfuerzos de la “academia” iban encaminados a afirmar la perfección de la civilización de la raza blanca frente al grado de barbarie del “otro”. Lo que es más importante: en la era del imperialismo formal, la “academia” puso en marcha un paradigma historiográfico que explicaba la expansión de Occidente a través solamente de su perfeccionada naturaleza capitalista e incuestionable racionalidad industrial que otros pueblos clamaban por tener cuanto antes. En definitiva, Occidente había crecido necesariamente por el bien de las “civilizaciones bárbaras” y siempre apoyado por la innata perfección blanca.

 

El propio Spencer (5) describía el tipo ideal de sociedad industrial -occidental- en los términos de una sociedad en donde la guerra se convertía en un recurso disfuncional que bloqueaba el desarrollo industrial y comercial, en donde existía un gobierno democrático y se protegía eficazmente al individuo, pues todos en ella eran tolerantes y flexibles. Curioso, Huntington describe la civilización occidental con adjetivos similares a los que Spencer hace más de un siglo utilizó: la civilización occidental es única, es plural, individualista, “inventó la modernidad”, “se extendió por el mundo” y “se convirtió en la envidia de las demás sociedades”. Nosotros nos seguimos preguntando, ¿la hegemonía de Occidente fue en verdad fruto de su naturaleza “envidiable”?.

 

Nuestra intención, antes de hacernos preguntas sobre el “mundo civilizatorio” futuro, es indagar en la historia, precisamente, para romper el paradigma historiográfico “tradicional” que, bajo el discurso todavía reproductor de la fascinación ilustrada por el conocimiento científico-técnico, entiende que la expansión occidental es, en una palabra, producto de sus “méritos”. Esto no ha sido así, la occidentalización del mundo es fruto de un parto doloroso, es un cuento plagado de muerte y racismo en donde no hay nada de “maravilloso”. En realidad, la Ilustración -entendida como una metáfora de Occidente y no sólo de la historia del siglo XVIII- desembocó en un género de barbarie sustentado en el triunfo de una razón instrumental o formal no sujeta a ningún tipo de reflexión ética sobre los fines perseguidos. En realidad, “la inventora de la modernidad”, la Ilustración, “ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlo en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad. En realidad, tras este período histórico “lo que los hombres quisieron de la naturaleza fue servirse de ella para dominarla por completo, a ella y a los hombres (6)”. La naturaleza tanto física como humana había sido degradada a pura materia, había que dominarla sin otro propósito que no fuese el de dominarla, pues, en Occidente la dominación se convirtió en  un fin en sí mismo.

 

Nosotros participamos de la idea que toda civilización -pensemos en Roma o Atenas- que ha querido extenderse más allá de sus fronteras primitivas, lleva implícita en su existencia una historia de represión y dominación. Para tratar de demostrarlo, partiremos del supuesto teórico que Norbert Elías expuso en su obra “El proceso de la civilización”: “la estabilidad peculiar -dice- del aparato de autocoacción psíquica, que aparece como un rango decisivo en el hábito de todo individuo civilizado, se encuentra en íntima relación con la constitución de institutos de monopolio de la violencia física y con la estabilidad creciente de los órganos sociales centrales (...) El monopolio de la violencia física, la concentración de las armas y de las personas armadas en un solo lugar hace que el ejercicio de la violencia sea más o menos calculable y obliga a los hombres desarmados en los ámbitos pacificados a contenerse por medio de la previsión y la reflexión (7)”. De lo que se trata no es de una superioridad del medio de producción capitalista, de nuestra democracia o de nuestro individualismo. En realidad, todo se reduce a una superioridad en los medios de coerción -el monopolio de la violencia física, la concentración de las armas, etc.- que ha garantizado para Occidente, y no de otro modo, su dominio del mundo. Tal y como algunos se percataron a principios del siglo XIX, Occidente crecía no por ser el continente de los altos designios divinos depositados en el hombre blanco, sino porque había conseguido “imponerse” gracias a desarrollos concretos como “las armas de fuego, el compás de navegación y la prensa (8)”.

 

 

2/ OCCIDENTE COMO CENTRO DEL SISTEMA MUNDIAL:

 

Parafraseando a Noam Chomski, desde el justo instante en que Cristóbal Colón descubrió América, se inició a escala mundial la cruenta confrontación entre conquistadores y conquistados, fenómeno que ha recibido numerosos nombres: imperialismo, neocolonialismo, el conflicto Norte-Sur, o, sencillamente, “la conquista del mundo por Europa (...) La conquista del Nuevo Mundo puso en marcha dos enormes catástrofes demográficas, sin paralelo en la historia: la práctica destrucción de la población indígena del hemisferio occidental, y la devastación de África a medida que la trata de esclavos se extendía con rapidez para servir a las necesidades de los conquistadores (...) También Asia sufrió horribles desdichas (9)”. Desde nuestro juicio, la dinámica de la “confrontación global” a la que se ha visto sometida el mundo desde el comienzo de la Era Moderna, tiene en el modelo teórico del “sistema mundial” esbozado por Immanuel Wallerstein su mejor fuente explicativa. Por ello, lo explicaremos someramente para después “plegarlo” a nuestros propósitos.

 

El sistema mundial es “un sistema social, un sistema que posee límites, estructuras, grupos, miembros, reglas de legitimación y coherencia. Su vida resulta de las fuerzas conflictivas que lo mantienen unido por la tensión y lo desgarran en la medida en que cada uno de los grupos busca remodelarlo para su beneficio”. Ha habido en la historia dos variedades de sistemas mundiales: el imperio-mundo (el Imperio Romano, por ejemplo, en el cual existía un único sistema político dominante -que alcanzaba a comprender sólo una parte del planeta- de escaso control efectivo) y la economía-mundo o, si se quiere, el sistema mundial moderno (un sistema de quinientos años de antigüedad en donde no existe un único sistema político y, precisamente por esto último, en donde el capitalismo ha sido capaz de florecer “con una distribución desigual de sus frutos”). Dentro de la economía-mundo nos encontramos con tres diferentes áreas:

 

A/ Estados del centro: “en tales estados, la creación de un fuerte aparato de Estado -según Weber, la entidad que detenta el monopolio efectivo de la violencia- unido a una cultura nacional, fenómeno a menudo llamado integración, sirve como mecanismo para proteger las disparidades surgidas en el seno del sistema mundial y como máscara ideológica justificadora del mantenimiento de tales disparidades”.

 

B/ Áreas, no estados, periféricas: “porque una característica de las áreas periféricas es que el estado indígena es débil, oscilando entre la no existencia (es decir, una situación colonial) y la existencia con un escaso grado de autonomía”. La “periferia” coincide con lo que denominamos hoy en día el “tercer mundo” que, sobre todo en el período álgido del imperialismo formal, fue explotado sistemáticamente al poseer éste unos vastos territorios con recursos naturales imprescindibles para poder abastecer a las industrias de los países económicos avanzados de Occidente.

 

C/ Áreas semiperiféricas: “están entre el centro y la periferia en una serie de dimensiones (...) son puntas de recopilación de cualificaciones vitales, a menudo políticamente impopulares -pensemos en el Sureste Asiático- que desvían parcialmente las presiones políticas que los grupos localizados primariamente en las áreas periféricas podrían en otro caso dirigir contra los Estados del centro y los grupos que operan en el seno y a través de sus aparatos de estado (10).

 

Antes de continuar, debemos aclarar que el “centro” del moderno sistema mundial coincide con lo que en sí hemos venido en llamar civilización occidental y que ha utilizado sistemáticamente los medios de coerción, para, precisamente, seguir en el centro del sistema a costa de mantener las terribles desigualdades que operan en él. No olvidemos que un estado hoy puede estar en el “centro” y mañana en la “semiperiferia” y, tal vez, sea esta la amenaza que perpetúa los desequilibrios del mundo actual, desequilibrios muchas veces mantenidos de forma interesada por Occidente.

 

2.1 El caso de Bengala

 

Los casos de violencia en la historia de los conquistadores y los conquistados son innumerables: la cruenta conquista española y portuguesa de América, la conquista inglesa de Rhodesia contra los zulúes (1879), la ocupación francesa de Argelia tras la guerra contra los bereberes (1807-1883) o “crisis” como las de Fachoda (1898) nacida de las disputas entre las principales potencias europeas, son algunos de los ejemplos que podrían sernos útiles para el desarrollo de este artículo. No obstante hemos elegido el “caso de Bengala” para ilustrar como ha sido el modus operandi de Occidente en un pasado reciente, pues el destino de este territorio “pone de manifiesto elementos esenciales de la conquista mundial. Hoy en día, Calcuta y Bangladesh -Bengala en el pasado- simbolizan la miseria y la desesperación”.

 

Los ingleses de la Compañía de las Indias Orientales, apoyándose en el acuerdo de 1616 alcanzado con el imperio del Gran Mogol y que les permitía establecerse en la India, comenzaron a fundar sus colonias en este territorio de Bengala. La más importante fue Fort William, fundada en 1696 y núcleo de la futura Calcuta. Desde mediados del siglo XVIII, los comerciantes británicos empezaron a frecuentar más y más el territorio de Bengala pues era conocido por su excelente algodón -extinto en la actualidad-, por la calidad sobresaliente de sus textiles y por su producción de arroz, azúcar y salitre. Un visitante inglés calificó a Bengala de “tierra maravillosa, cuyas riquezas y abundancia ni la guerra, ni la pestilencia, ni la opresión podrían destruir”. En 1757, Plassey Clive dijo del centro textil de Dacca -la actual Calcuta- que era “tan amplio, populoso y rico como la ciudad de Londres”.

 

Había un problema, Dacca, “el Manchester de la India”, suponía una gravísima amenaza para las exportaciones de textiles ingleses a nivel mundial. A medida, pues, que el dominio británico de la India se iba afianzando, los comerciantes ingleses, “haciendo uso de todas las vilezas imaginables, adquirieron los textiles a los tejedores por una fracción de su valor”. Escribió el mercader William Bolts en 1772: “varios e innumerables son los métodos para oprimir a los pobres tejedores... tales como la imposición de multas, el encarcelamiento, los azotes, la exigencia de fianzas, etc. La opresión y los monopolios impuestos por los ingleses han sido causa del declive del comercio, de la disminución de los ingresos y de la actual situación ruinosa de los negocios de Bengala”. Había que actuar con contundencia, estas medidas eran inevitables, porque, de no haber sido así, “las fábricas de Paisley y Manchester -dijo Horace Wilson en su “History of British India” en 1826- habrían tenido que cerrarse desde el mismo momento de su creación, y difícilmente podrían haberse vuelto a activar, incluso por medio del vapor. Se crearon -las fábricas inglesas- gracias al sacrificio de los fabricantes indios”.

 

Las Leyes del Parlamento de 1700 y 1720 gracias a las cuales se prohibía la importación de textiles traídos de la India, Persia y China (todos los artículos incautados -camas, tapicerías, sillerías, cortinas, telas, muebles, etc.- con motivo de la violación de esta ley eran confiscados, vendidos en subasta y reexportados) habían conseguido finalmente demoler las artesanías e industrias locales de estos países. La tragedia no se hizo esperar, en 1776 el mismo Adam Smith escribía: “en el país fértil e infrapoblado de Bengala tres o cuatrocientas mil personas mueren de hambre cada año. Estas son las consecuencias de las reglamentaciones inadecuadas y las restricciones imprudentes impuestas por la Compañía sobre el comercio del arroz que convierten la escasez en hambruna”. En 1754 en Dacca vivían 150.000 personas, en 1840 vivían 30.000, en 1835 el director de la Compañía de las Indias Orientales informaba que “la miseria prácticamente no tenía igual en la historia del comercio. Los huesos de los tejedores de algodón blanqueaban las llanuras de la India”. Bengala en 1900, después de que en 1858 se disolviese la “Compañía” y la India se convirtiese en un Dominio británico gobernado por un virrey a costa de guerras tan cruentas como la de los “cipayos”, “pasó -como señala Chomsky- a dedicarse a la agricultura para la exportación; primero el índigo, luego el yute; la producción de Bangladesh representaba más de la mitad del total mundial en 1900, pero no se construyó allí ni una sola fábrica para su procesamiento bajo el dominio británico”. Conclusión, la génesis del fiasco que padece hoy en día Calcuta y Bangladesh, reside, mayormente, en la “honorable” expansión inglesa mundo adelante.

 

Desde la “historiografía tradicional” se nos ha hecho creer que Occidente era necesario, indispensable para todo país atrasado que quisiese modernizarse. Tales territorios participaban de primitivas economías autárquicas cuya “capacidad sustentadora” no era lo suficientemente amplia para alimentar correctamente a sus poblaciones (11). Había que proporcionarles cosechas mercantilizadas a gran escala destinada a nutrir satisfactoriamente a la población local dejando al agricultor preso de las fluctuaciones de un mercado capitalista que no alcanzaba a entender. Ahora bien, ¿estos países estaban “atrasados?. No lo debían estar tanto a la luz de las citas aquí recogidas.

 

En suma, a mediados del siglo XVIII la India, simplemente, era un país desarrollado. “La construcción de buques, la metalurgia, la industria del vidrio, del papel y muchos oficios -desaparecieron- a medida que el desarrollo de la India se frenó y el crecimiento de las nuevas industrias quedó bloqueado. Así este país se convirtió en una colonia agrícola de la Inglaterra industrial. Mientras que Europa se urbanizaba, la India se fue ruralizando progresivamente, con un rápido crecimiento en la proporción de la población que dependía de la agricultura, la causa real de la espantosa pobreza del pueblo indio”. Efectivamente, antes de la llegada de Occidente no sólo en la India, sino también en África por ejemplo, existían complejas economías locales integradas en unos sistemas de mercados regionales muy perfeccionados, tanto o más que nuestro “traumático” modelo económico capitalista. Occidente, simplemente, gozó de una tecnología más perfeccionada en los medios de coerción a la hora de someter bajo su dominio a otras civilizaciones. Occidente actúo como antaño la civilización Dórica con sus armas de hierro había actuado contra la civilización Aqueo-Micénica tan sólo protegida por unas armas de bronce del todo inútiles ante la presencia del nuevo metal.

 

Dice Huntington: “en el siglo XIX las importaciones culturales de Occidente se hicieron populares en China e India porque parecían reflejar el poder occidental (...) Lo que los occidentales pregonan como una saludable integración mundial, como en el caso de la multiplicación de medios de comunicación en todo el mundo, los no occidentales lo condenan como vil imperialismo occidental (...) Además, por su condición de civilización madura, Occidente ya no posee el dinamismo económico o demográfico requerido para imponer su voluntad a otras sociedades, y cualquier esfuerzo por hacer tal cosa es además contrario a los valores occidentales de la autodeterminación y de la democracia (12)”. Estas palabras de Huntington, como acabamos de comprobar, ayudan a configurar una idea de Occidente totalmente errónea que, independientemente de los intereses a los que este autor representa, pueden lastrar el futuro hacia una mala dirección. A pesar de le existencia de miles y miles de estudios, de noticias, de desastres ecológicos que nos hacen ver una cada vez mayor dependencia de la “periferia” respecto del “centro”, incluso en empresas económicas teñidas de humanitarismo, algunos siguen pensando “que cada cual tiene lo que se merece”. Hoy, ya no la Compañía de las Indias Orientales, sino decenas de multinacionales, siguen construyendo “nuevas Bengalas” pese a que Huntington crea que ya “no imponemos la voluntad a otras sociedades” -en realidad, Occidente parece no poder imponerse a China, el país al que este señor parece tener especial aversión- (13). 

 

2.2 El caso de Estados Unidos

 

Tengamos como punto de partida las siguientes palabras de Giovanni Sartori: “entre 1845 y 1925, ochenta años, unos cincuenta millones de personas atravesaron el Atlántico; y en los años 1900-1923, fueron 10 millones los inmigrantes. Pero estos recién llegados encontraban en el nuevo mundo, un espacio vacío inmenso, buscaban y deseaban una nueva patria, y les hacía felices convertirse en Norteamericanos (14)”.

 

El que Tocqueville describiese a los Estados Unidos como un lugar idílico en donde “todo es extraordinario (15)” en comparación con una Europa destruida por las tensiones entre revolucionarios y representantes del Antiguo Régimen, es erróneo. Ahora bien, peor es, con dos siglos de historia transcurridos, que se siga manteniendo esta visión de Estados Unidos, paradigma de la civilización occidental, puesto que este país tampoco se ha mostrado especialmente comedido al utilizar la coerción a la hora de ampliar su territorio. Bien es cierto que en esta nación se redactó la primera Constitución moderna de la historia minando definitivamente los pilares de un Antiguo Régimen despótico y anquilosado en el pasado; no obstante, para no caer en los designios irracionales que la Ilustración generó y de los cuales nos alertaba Horkheimer, es necesario saber a costa de qué materia se ha valido Estados Unidos para crecer. Aquella alabanza hecha a “los valientes pioneros que domaron el páramo vacío” por Ronald Reagan en el primer discurso de inauguración de su mandato presidencial cae, como veremos a continuación, en una peligrosa irrealidad.

 

Podríamos haber hablado, en lo que respecta a esta parte del trabajo, del “imperialismo estadounidense informal (16)”. No obstante hemos decidido tratar el siempre recurrente tema de los indios para “encauzar” unas indagaciones históricas poco meritorias para Occidente pues, estamos de acuerdo nuevamente con Chomski, que “después de que las colonias hubieron logrado su independencia durante el curso del gran conflicto internacional que opuso a Inglaterra contra Francia, España y los Países Bajos, el poder estatal -de Washington- se empleó para proteger a la industria nacional, fomentar la producción agrícola, manipular el comercio, monopolizar las materias primas y despojar de la tierra a sus habitantes. Los americanos se centraron en la tarea de derribar árboles e indios y de redondear sus fronteras naturales”.

 

Efectivamente, entre 1776 y 1800 los territorios que poseían los indios pasaron de tener 7.770.000 kilómetros cuadrados a unos 518.000. Después de la masacre de un número abrumador de indios -desconocido en la actualidad-, hoy quedan un millón y medio de ellos, la mitad de los cuales viven en exiguas reservas; y es que el exterminio de la civilización india en América del Norte fue alentada desde todos los frentes, ya sean estos económicos o políticos. Personajes como George Washington o Thomas Jefferson (17) no se amilanaron en alentar el genocidio. En definitiva, los indios, sin ser en ningún momento pacifistas, se vieron en la obligación de aprender las técnicas de guerra total -manejar armas de fuego- y de impregnarse “del auténtico salvajismo de los conquistadores europeos” para entablar una resistencia que, ante los violentos modales de Occidente, se quebraría finalmente.

 

Pero el trabajo aún no había terminado, pues, parafraseando a Jerry Mander, pronto se pasaría de la agresión violenta -”la de las armas”, “la del general Custer”- a las manipulaciones legales encaminadas a solventar “el problema de los indios” separándoles definitivamente de sus tierras a través de leyes que lograban malvender las propiedades comunales de las tribus a cambio de alcohol y poco dinero -ley Dawes de 1887- o que destruían sus tradicionales formas de gobierno -ley de reorganización de los indios de 1934-. Hablando de las formas de gobierno indias, de la misma manera que nos cuesta creer que en Bengala a mediados del siglo XVIII pudiese haber un nivel de desarrollo y bienestar superior al de la misma Inglaterra, a Huntington le parecería increíble que la propia Constitución de Estados Unidos -uno de los símbolos de Occidente- pudiese haberse inspirado -según dicen algunos historiadores especializados en el estudio de los indios de América del Norte- en la Gran Ley Iroquesa compuesta por unas normas de un profundo y occidental sentido democrático.

 

Terminando este apartado, es indudable que la historia de Estados Unidos ha aportado cosas muy positivas a la humanidad al igual que la historia de cualquier otro país. No obstante, si es en esta parcela de Norteamérica, según Huntington, en donde debe recaer mayormente la responsabilidad de proteger a Occidente, bueno sería conocer los episodios históricos más oscuros acontecidos en ella (18).

 

 

3/ CONCLUSIÓN

 

Existe una cantidad ingente de material histórico que acredita que Occidente ha utilizado continuamente perfeccionados medios de coerción para lograr su hegemonía. Desacreditados quedan entonces un sinfín de “discursos legitimadores” acerca de la innata superioridad del hombre blanco.

 

No obstante, el supuesto teórico de Norbert Elías que hemos utilizado puede hacerse extensivo a cualquier otro tipo de civilización no occidental que quiso o quiere rebasar sus límites originarios. Es decir, en el supuesto de que Bengala, como estado independiente, gozase de unos medios de coerción más perfeccionados que los de Occidente y ésta quisiese expandirse por el mundo, ¿quién nos garantiza que hoy en día Inglaterra no estuviese en la “periferia” y Bengala en el “centro” del moderno sistema mundial? Eso mismo, todas las civilizaciones parecen sumar más violencia a la violencia ante el espectáculo de su propio crecimiento, dinámica que debe ser erradicada no precisamente con palabras como éstas: “la civilización occidental es valiosa, no porque sea universal, sino porque es única. Por consiguiente, la principal responsabilidad de los líderes occidentales no es intentar remodelar otras civilizaciones a imagen de Occidente -cuestión que, como hemos visto, nunca interesó hacer- (...) sino proteger y renovar las cualidades únicas de la civilización occidental”. ¿Y cómo conseguir esto? Simplemente, dice Huntington, ampliando la OTAN “para incluir a otras sociedades occidentales que desean ingresar en ella”. En una palabra, “la estrategia de Occidente se debe volver a concentrar en impedir la aparición de futuros competidores potenciales a escala mundial”.

 

Desde luego, Huntington confirma nuestra hipótesis: viendo el “crecimiento chino” -recordemos su pregunta de “¿cómo podría producirse una guerra entre los Estados Unidos y China?”- Occidente debería reaccionar, precisamente, con las medidas coercitivas  que, aunque este señor lo quiera desmentir, siempre ha utilizado. Pero, si en este momento es cierto que existe una civilización china que quiere “crecer” y tiene, reproduciendo nuestras propias argumentaciones, en su poder un medio de coerción poderoso capaz de hacer frente a los de Occidente -armas nucleares, un poderoso ejército-, también hará uso de la misma violencia que a lo largo de nuestro trabajo hemos criticado y expuesto. Y es que de eso se trata, de no caer en la “ceguera histórica” de Huntington y de ser consciente que los desmanes cometidos por Occidente pueden ser devueltos por Oriente a cualquier ciudadano, independientemente de su nacionalidad, con la misma intensidad destructiva que, tradicionalmente, ha sido utilizada por las civilizaciones en la historia. 

 

Si de veras queremos no repetir el error -definitivo esta vez- de una III Guerra Mundial, en principio debemos ser conscientes de que nuestro mundo es “multicultural” y que desde los respectivos etnocentrismos propios de cada cultura, se genera un odio que no conoce límites         -pensemos en la reciente Guerra Yugoslava-. No es nada reconfortante leer cosas tan poco constructivas como las que siguen: “culturalmente, los norteamericanos son parte de la familia occidental; los multiculturalistas pueden dañar e incluso destruir esa relación, pero no pueden reemplazarla (...) En nombre del multiculturalismo, atacaban la identificación de los Estados Unidos con la civilización occidental, negaban la existencia de una cultura estadounidense común y promovían identidades y agrupamientos raciales, étnicos y otros de tipo cultural subnacional (...) Su talante es el de despojar a los estadounidenses de la pecaminosa herencia europea y buscar inyecciones redentoras de culturas no occidentales -¿?- (...) Los multiculturalistas estadounidenses rechazan igualmente la herencia cultural de su país -¿?- (...) Desean crear un país de muchas civilizaciones, lo que equivale a decir un país que no pertenezca a ninguna civilización y carezca de núcleo cultural -¿?- (...) Unos Estados Unidos de múltiples civilizaciones no serán los Estados Unidos, serán las Naciones Unidas (19)”.

 

Huntington, bajo el eco de estas palabras, denosta peligrosamente “al otro” en repetidas ocasiones, degrada al millón y medio de indios que viven en USA y, de paso, degrada también a los hispanos -una “gran minoría” según él-, por la que parece sentir el mismo resentimiento que utiliza contra los chinos. Actitudes como ésta, totalmente intolerantes, aceleran esa inercia violenta en la que fácilmente las civilizaciones se pueden ver envueltas, proceso del cual, como hemos dicho, saldremos todos perjudicados.

 

¿Cómo frenar la dinámica destructiva de las civilizaciones con medios de coerción altamente perfeccionados? Precisamente, a través del profundo respeto y conocimiento del “otro”, cuestión que las actuales tecnologías de la información pueden facilitar. Desde un punto de vista político, sólo organismos con un poder ejecutivo internacional como el de la hoy débil y etnocéntrica Organización de las Naciones Unidas, diferente en todo caso al de la Santa Alianza en el siglo pasado o al de la Sociedad de Naciones en el siglo XX, pueden satisfacer una saludable demanda de seguridad mundial con éxito. Precisamente, cuanto mayor sea la fuerza de nuevos foros de debate internacional -en nada parecidos al de la actual OMC- en donde se muestre la especificidad y riqueza de todos “los nosotros”, de todos los países, de todas las civilizaciones que componen el mundo, sólo así Occidente podrá extender realmente al mundo sus “logros” de entre los que destacamos, siempre según nuestra opinión, la invención de A/ una tecnología médica, industrial, etc, cualitativa -como diría Marcuse- beneficiosa para todos y B/ una democracia de raíces “rousseaunianas” que puede conducirnos a una efectiva puesta en práctica de los derechos humanos sabiendo apreciar nuestras diferencias, únicamente y en beneficio de la riqueza del patrimonio de la humanidad, culturales. 

 

NOTAS:

 1/ Licenciado en sociología. Ha sido becario investigador de la Universidad de A Coruña y de la Xunta de Galicia. En el presente año iniciará sus estudios de doctorado.

2/ Huntington, Samuel (1997): “El choque de las civilizaciones”. Paidós, Barcelona, p 373.

3/ Consultar información recogida sobre el “imperialismo formal” en Grupo Gándara (1995): “A expansión imperialista e o colonialismo”. Edicións Xerais, Vigo y AA.VV (1975): “Atlas histórico Mundial”. Ediciones Istmo, Madrid, pp 67-135.

4/ En el caso de Gran Bretaña, los intereses económicos y políticos del imperialismo se justificaron en el principio puritano del deber de fomentar en el mundo el progreso y la civilización. Thomas Carlyle (1795-1881) y Sir Charles Dilke (1843-1911) crearon, entre otros, las bases ideológicas de la “misión universal británica” de conquistar territorios bárbaros.

5/ Spencer en su “The Principles of Sociology” (1876-1896) se erigió como el máximo exponente del darwinismo social al acuñar el concepto de “supervivencia de los -individuos o pueblos- más adaptados”. En este sentido, el mal de la sociedad para este autor radicaba precisamente en la inadaptación de algunos hombres a las condiciones de la sociedad o, lo que es lo mismo, en la inadaptación de algunos hombres a las condiciones exigidas por la existencia misma -en los tiempos de una imparable industrialización-. Esta inadaptación disminuiría y terminaría por eliminarse puesto que “todos los inadaptados deberían desaparecer; esto es, toda imperfección debería desaparecer”. Dentro de esta imperfección, pensaron las propias dinámicas del imperialismo gracias a Spencer y a tantos otros, se encontraban todos los pueblos “bárbaros” no industrializados. Consultar Ritzer, George (1993): “Teoría Sociológica Clásica”. MacGraw-Hill, Madrid, pp 124-159.

6/ Horkheimer, Max y Adorno, Theodor (1994): “Dialéctica de la Ilustración”. Editorial Trotta, Madrid, pp 59 y 60.

7/ Elias, Norbert (1989): “El proceso de la civilización”. Fondo de Cultura Económica. México, pp 453 y 457.

8/ Sobre un comentario del libro de Immanuel Wallerstein “The modern World-System III”, se nos dice: “por contra el ejercicio de una cierta violencia parece ser clave central de la expansión occidental en ultramar, y no sólo de su fase primitiva: Wallerstein cita (p 33) a Briavoinne, que en 1839 achacaba la ventaja occidental a armas de fuego, el compás de navegación y la prensa”. Consultar Cardesín, Jose María (1997): “Immanuel Wallerstein. The Modern World-System III” en  SOCIOLÓGICA, nº 2, p 195.

9/ Chomsky, Noam (1993): “Año 501. La conquista continúa”. Libertarias, Madrid, pp 9-12.

10/ Wallerstein, Immanuel (1984): “El moderno sistema mundial”. Siglo Veintiuno editores, Madrid, pp 490-502.

11/ Consultar Hardesty, D. (1979): “Antropología ecológica”. Ediciones Bellaterra, Barcelona, pp 197-212.

12/ Op. cit., 1997, pp 67, 77 y 372.

13/ Consultar información recogida sobre Bengala en Op. cit., 1993, pp 20-24.

14/ Sartori, Giovanni (1998): “Pluralismo y tolerancia” en El País, domingo 8 de marzo.

15/ Dice Tocqueville: “Todo es extraordinario en los americanos, tanto su estado social como sus leyes; pero lo más extraordinario es el suelo que los sustenta (...) Es entonces cuando se descubre América del Norte, como si Dios la hubiera mantenido en reserva y acabara de salir de las aguas del diluvio (...) El momento en el que hablo, trece millones de europeos civilizados se extienden tranquilamente por fértiles desiertos cuyos recursos y extensión todavía no conocen con exactitud”. Consultar Tocqueville, A. (1995): “La Democracia en América”. Alianza Editorial, Madrid, p 263.

16/ El imperialismo estadounidense ha sido calificado de “informal”, es decir, ha sido descrito como el imperialismo de la “diplomacia del dólar” que compraba y aseguraba el control y la explotación económica de áreas de influencia importantes para el país. No obstante, cuando las inversiones no estaban aseguradas o corrían riesgos debido a “inestabilidades políticas”, entonces el gobierno de Washington empleaba la violencia para asegurar los intereses de sus multinacionales como, por ejemplo, la  todopoderosa United Fruit Company. Efectivamente, apoyándose en el espíritu del “Manifest Destiny” de O´Sullivan -un editor que defendía la convicción de que el hombre blanco debía llevar a cabo una misión civilizadora que eliminase a las tribus indias de territorio norteamericano-, la Doctrina Monroe o el “Big Stick” legitimó un sinfín de intervenciones militares en la República Dominicana (1904-1914), en  Cuba (1906-1909), en Nicaragua (1909-1912), en Honduras (1910-1912, en Haití (1914) o en México (1914). Destacar también que USA fundó Panamá separándola de Colombia en 1901 para asegurarse el control de su vital canal. Hoy en día, Estados Unidos, recordando la invasión de Panamá de 1990, parece seguir actuando de un modo parecido a como lo hacía antaño: actualmente el canal seguirá en manos panameñas siempre y cuando éstas sean capaces de asegurar su indispensable funcionamiento, de lo contrario, USA se sigue reservando el derecho a “intervenir”.

17/ Decía George Washington en 1783: “la extensión gradual de nuestros asentamientos provocará la retirada tanto del lobo como del salvaje; ambos son animales de presa”. Decía Thomas Jefferson: “volverán -los indios- a caer en la barbarie y la miseria, verán reducido el número de sus miembros por la guerra y la escasez, y nosotros nos veremos obligados a hacer que se alejen, junto con las bestias de los montes, hacia las montañas”.

18/ Consultar información recogida sobre los indios de América del Norte en Mander, Jerry (1996): “En ausencia de lo sagrado. El fracaso de la tecnología y la supervivencia de las naciones indias”. Plenum-Madre Tierra, pp 223-291 y en Op. cit., 1993, pp 33-42.

19/ Op. cit., 1997, pp 361-386.