LAY-EXPERT: AN ANTHROPOLOGICAL PERSPECTIVE
Dra. Julia Navas López[1]
Universidad Católica San Antonio de Murcia
Campus Los Jerónimos s/n
30107 Guadalupe (Murcia)
España
Email: jnavas@pdi.ucam.edu
RESUMEN
Desde
una perspectiva antropológica se analiza la relación experto-lego en el
contexto alimentario. Reflexionamos sobre la construcción del rol experto y
cómo la legislación sanitario-alimentaria legitima el papel hegemónico del mismo. En el mismo sentido, analizamos la
legitimación y aceptación de la autoridad experta frente a las distintas
tipologías en la relación experto-lego.
Concluimos que el experto depende del lego para
mantener su posición. Asimismo, al analizar los tipos de control experto-lego
nos encontramos con cuatro modelos: el paternalista, el clientelista, el modelo
de mutualidad y el modelo ausente. Uno de los aspectos interesantes
de este trabajo es la justificación del
uso del lenguaje científico por parte del experto en la legitimación de éste
frente al lego.
Palabras clave: antropología, experto alimentario,
relación experto-lego, alimentación, nutrición
ABSTRAC
We analyse to relationship expert-lay from
an anthropological perspective in the food context.
We reflect on the construction of the
expert role and how the health-food legislation legitimizes the role of the
hegemonic.
In the same vein, we analyze the
legitimacy and acceptance of authority expert form various types in the
relationship expert-lay.
We conclude that the expert depends on the
lay to maintains its position.
We find four models: paternalistic,
client, the model of mutuality and the absent model.
One of the interesting aspects is the
justification by expert for the use of scientific language in the relationship expert-lay.
Key word: anthropology, food expert, relationship
expert-lay, food, nutrition
INTRODUCCIÓN
Para ello, se organizó el trabajo de campo sobre una
base etnográfica mediante entrevistas semiestructuradas a expertos de
Es desde la
antropología de la alimentación desde donde se realiza esta reflexión: el
experto alimentario se va construyendo en la medida en que se construye el
considerado por éste último como lego.
Se entiende el experto como aquella autoridad legitimada por un tipo de conocimiento alimentario
específico de base científico-experimental, que le capacita para intervenir en
el comportamiento alimentario de la población, ya sea en su aspecto más
sanitario, advirtiendo de los riesgos y peligros de ciertas situaciones, como
en su aspecto nutricional, calificando y
distinguiendo conductas adecuadas y consideradas por él mismo como dentro de la
normalidad o, por el contrario, aquellas comportamientos desviados o anormales
que necesitan ser reconducidos hacia un comportamiento que asegure la salud de la población. Es por ello, que se convierte en un moralizador y normalizador, juez o profeta con capacidad para
redirigir el sistema alimentario en una u otra dirección.
Asimismo, se define
el rol como el conjunto de comportamientos que lleva a cabo el individuo según
la posición que ocupa en la estructura social (Piña, 2005). El rol, en
definitiva, prescribe el modo de comportarse cuando se está en una determinada
situación social (Yuste, 1982:37), al tiempo que cada individuo incorpora como
propio el proceso institucional. De esta forma, el individuo que asume un
determinado papel es producto de una aprehensión de esquemas de percepción y acción
que provienen de un proceso de institucionalización, y de este modo, se
establece una pauta común, una forma de pensar y sentir acordada. Por supuesto
que la base de estas maneras estandarizadas proviene de la necesidad del ser
humano de mantener unas respuestas comunes a la vez que desarrollan,
paralelamente, argumentos justificatorios de su idoneidad. Esto deriva en la
necesidad de hablar de una memoria de
actuación colectiva[3] tanto en el individuo como en la colectividad concreta
de expertos, y a referirse a la interiorización que éstos últimos hacen
respecto de visiones y respuestas comunes, consecuencia de la propia
socialización derivada de su pertenencia al grupo de expertos.
En las diferentes
situaciones alimentarias, el experto asume un rol que se pone de manifiesto a
través de su discurso y actuación y, de este modo, se puede observar en
comportamientos considerados como repetitivos. Son muchos los expertos que
durante las entrevistas responden a las cuestiones planteadas con expresiones a
modo de “clichés” tales como :“(…) la
seguridad alimentaria está garantizada”, “(...) el seguimiento de las
recomendaciones asegura un estado saludable”, “(...) nunca como ahora
hemos estado tan seguros”, “(...) el control higiénico-sanitario asegura la
calidad alimentaria”, “(...) los organismos sanitarios están, ahora más que
nunca, preparados para asumir cualquier peligro alimentario”... Cada una de
las explicaciones forma parte de un discurso aprehendido que no fue variado en ningún momento, independientemente
del contexto alimentario en que fueron entrevistados, antes, durante y después
de la crisis alimentaria de las vacas locas. Esto muestra por un lado, la
relación entre las respuestas estereotipadas y el rol asumido, y, por otro, el
reflejo de unos esquemas perceptivos institucionalizados.
De este modo, se
aborda el estudio del experto teniendo en cuenta la influencia que sobre él
ejerce la estructura social, pues es en ésta en la que se crea y recrea. El
experto detenta su estatus en función de dicha estructura, y establece sus
relaciones con individuos de su posición, es decir, con otros expertos, así
como con sujetos de otro estatus cognitivo. Interesa analizar, los mecanismos
que mantienen y regulan estas relaciones, así como los enfrentamientos o conflictos
que surgen entre el experto y aquel sujeto considerado como lego.
Las competencias del
experto alimentario como poseedor de conocimientos, le sitúa en una posición
privilegiada con respecto a los otros.
En este contexto, el lego debería conocer las reglas que operan en el mundo del experto para poder
introducirse en él, aunque como posteriormente se verá, existen muchas
dificultades.
“(...) la verdad es que cuando sale por la
tele explicándonos las cosas parece fácil(...) Yo que no he estudiado respeto
mucho cuando los veo con sus batas blancas, pero me gustaría poderles
entender mejor... Además, ellos están en su mundo y cuando les preguntan
gente como yo que no sabemos, parece como si no quisieran responder porque
hablan para ellos” (Consumidor Ama de casa, 65 años)
El consumidor, en su
rol de lego, demanda del experto la posibilidad de acceder en la medida de sus
posibilidades al saber experto: “me gustaría poderles entenderles mejor”, y, al
mismo tiempo, da explicación a esa actitud del técnico: “parece como si no
quisieran responder porque hablan para ellos”. La expresión hablan para ellos es una manifestación
del papel del experto percibido por el consumidor como límite que enfrenta
ambos roles.
Se advierte que es
innato en el ser humano llevar a cabo pautas automáticas que le liberen de
decidir y redefinir constantemente los significados o las razones de las
acciones y, de este modo, en el experto se produce la descarga[4]
en sus actuaciones que favorece, por un lado, su tranquilidad ante el enfrentamiento a determinados problemas
alimentarios y, por otro, se asegura el respaldo del grupo consolidado por la
institución.
Entonces, se está
ante un experto que según sea demandado responderá con clichés producto de su inconsciencia grupal[5],
y desde una perspectiva antropológica, la observación de una actuación
institucionalizada explica dicha inconsciencia cuya finalidad es evitar el
desequilibrio resultante de poner en entredicho la manera de actuar del
experto, que más allá de lo científico responde a pautas aprehendidas e
institucionalizadas de comportamiento.
Las instrucciones del
rol del experto conllevan la aceptación de acciones y pensamientos programados
dentro de la institución:
La
institución, con su conjunto de acciones programadas, se asemeja al libreto no
escrito de una obra teatral. La realización de la obra depende de que actores
de carne y hueso desempeñen reiteradamente los “roles” prescritos. Los actores
encarnan los roles y actualizan la obra representándola en un escenario
determinado. No la obra ni la institución existen empríricamente fuera de esta
realización recurrente. Decir pues que los roles representan instituciones es
decir que posibilitan que ellas existan, una y otra vez, como presencia real en
la experiencia de individuos concretos” (Berger y
Luckmann, 1984: 99).
De este modo,
acercarnos al experto supone aproximarnos a la institución que mantiene,
protege y asegura su rol.
Para determinar los
esquemas perceptivos del experto basta con escucharle en las entrevistas. En
todas ellas existe una continua referencia a lo que se puede comprobar o no
científicamente.
Se entiende que la
visión del experto se sostiene, por un lado, mediante el soporte
legislativo-administrativo que va habilitándole en su labor, y por otro lado,
mediante la tecnología o la capacidad de aplicar un conocimiento reducido a una
serie de técnicas que le legitiman potenciando su distinción frente al que
considera que no sabe.
“El técnico realiza su labor apoyándose
principalmente en los aspectos legislativos que desde
La legislación
sanitario-alimentaria proporciona por un lado, el respaldo de la actuación del
experto y por otro, la coordinación y legitimación de la administración
sanitaria para conseguir que sus técnicos lleven a cabo una misma actuación,
salvando así la evidencia de debilidades en el sistema de vigilancia
alimentaria estatal.
Examinando la
consolidación de la relación experto-lego a partir del conocimiento
tecnológico, se advierte cómo tomando como ejemplo cuando se pregunta al
experto por los riesgos alimentarios, remite, en la mayoría de los casos, a la
definición de riesgo y al concepto de peligro. Mientras que el riesgo hace
referencia a una amenaza potencial dotada de cierta probabilidad, el peligro es
definido como amenaza cuantificada de carácter más o menos inmediato. Es en
este momento cuando el experto ejerce su rol y posición al asegurar que el lego
no conoce la diferencia entre riesgo y peligro:
“(...) ¿Qué qué
es un riesgo alimentario? Bueno, pues, como tú sabrás, bueno ya no hablamos de
riesgo en el [ARICPC[6], .ahora se debe hablar
de peligro, cuando se habla ya del [APPCC, así parece que el peligro es algo
más cuantificable, por eso se cambió la denominación (…)De todas formas para el
que no entiende esto no lo puede saber pero ya sabes que para nosotros es muy
importante (…) al que no conoce el tema le da igual riesgo y peligro y,
además no es consciente de ello, si todos los días estuviera pensando en
los riesgos y peligros que hay, no podría vivir (…) .” (Experto, veterinario)
Conforme va variando
la legislación, se modifica la priorización del peligro frente al riesgo en lo
referente a uno de los sistemas que analizan la seguridad alimentaria. Éstos
son paralelos a la justificación del
experto. De ahí se deduce su necesidad de incluir límites cuantificables en la
seguridad alimentaria a través de definiciones que fortalecen su posición
protectora y dominante apoyada por su saber.
En la necesidad de
establecer límites, el informante vuelve a hacer referencia a la importancia
del soporte legislativo que asegura el mantenimiento de su esquema de
percepción y acción en lo referente a la seguridad y salubridad de los
alimentos:
“(...)
bueno hoy se habla mucho de seguridad alimentaria, y yo pienso que se ha hecho
mucho, la prueba la tenemos en la creación del Libro Blanco de
En la misma línea se deduce de las afirmaciones de los informantes que
el desarrollo del papel del experto va unido inexorablemente a una legislación
que lo apoya y legitima, y en una tecnología que le permite reafirmar su
posición.
La interacción del
rol experto en la estructura sanitario-alimentaria permite establecer ciertas
semejanzas con el desarrollo de la institución familiar que también está determinada por los roles que ejercen los
individuos que la integran, padres, hijos, hermanos... La familia será una
estructura social en la medida en que conste de miembros relacionados entre sí,
que tengan asignados y que desarrollen sus roles, de tal modo que cada
individuo interiorice la estructura a partir de las interrelaciones que
establece en ellas.
En el caso de la
estructura que se ha denominado como sanitario-alimentaria,
los miembros integrantes de la misma ocupan una posición asociada a un
determinado rol. Experto y lego interiorizan sus roles asumiendo los propios y
reconociendo los de los demás. El análisis de la posición del experto en la
estructura sanitario-alimentaria deriva en el estudio del lugar que ocupa el
lego en dicha estructura y su relación con la institución legitimadora del experto
que lo condiciona como lego.
A medida que se va definiendo el rol del lego se construye el rol del
experto y viceversa. El experto alimentario
depende inevitablemente de los legos que le apoyan
o reconocen y, en el mismo
sentido, la interacción entre experto y lego en esos momentos es jerárquica por
estar basada en un principio de autoridad que, en este caso, se obtiene a
partir de poseer el saber experto
científico frente al conocimiento profano calificado por el experto como
popular e inconsistente. Pero, por otro lado, se advierte que dicha
interrelación depende del contexto que va a ir modificándose a modo de
negociación y de este modo, los consumidores lejos de ser una masa pasiva, mantienen una posición
variable construyendo así su realidad y la del experto. De esta manera, el
lego, desde una perspectiva experta, es el sujeto que ocupa una posición dentro
de la estructura social cuyo rol se define como el que no sabe o, en otras palabras, el que no tiene el saber experto por lo que debe ser enseñado y educado, para su beneficio.
“Mira, yo
creo que a la población hay que enseñarles y explicarles las cosas” (Experto: Licenciado en Biología)
Desde una posición
lega, el experto se mantiene:
“(…) cuando decían que había que confiar, yo creo que debemos hacer
caso a lo que dicen los que saben…porque nosotros no sabemos, y si no ¿qué
hacemos?(...) Pero también ellos tienen que estar seguros de lo que dicen,
no decir una cosa y mañana otra..porque, al final parece que no saben,
¿entonces a quien tenemos que recurrir los consumidores? ¿al político? Ese seguro
que no sabe” (Consumidor, mujer 48 años, estudios superiores)
El consumidor demanda
la transmisión del saber experto sin vacilaciones ni contradicciones porque el
conocimiento científico sólo es uno. Cuando el experto no cumple con las
expectativas, sobreviene la ruptura de posiciones y parece que la interacción
jerárquica se diluye. De este modo, van variando las posiciones según los
acontecimientos alimentarios.
Ambos actores,
experto y lego, están motivados por una tendencia a obtener un óptimo de
gratificación (Hortal, 2002), y de esta forma, utilizando la teoría de la emoción de Vygotski (Del
Río Pereda, 1996: 311) se advierte que el conocimiento no es un objeto que se
pasa de uno a otro, sino que es algo que se construye a partir de operaciones y
habilidades cognoscitivas que se inducen en la interacción social.
El desarrollo
intelectual de un individuo no se puede entender como independiente del medio
social en el que está inmerso, tanto el conocimiento del lego como el del
experto están unidos al medio social que lo ha construido y lo mantiene.
Vygotski habla del proceso complejo de pasar de lo interpersonal a lo
intrapersonal, al que denomina internalización,
y es a partir de aquí cuando formula la ley
genética general del desarrollo cultural, por la cual el desarrollo
cultural primero aparece en el plano social para, posteriormente, pasar a la
esfera psicológica. Concibe la internalización como un proceso donde ciertos
aspectos de la estructura de cualquier actividad que se ha realizado en un
plano externo, pasan a ejecutarse en el plano interno, y fruto de dicho proceso
se asumen ambos roles, experto y lego, en la estructura sanitario-alimentaria.
A ese respecto, cabe
señalar que si el plano interno es reflejo del plano social, la manera de
entenderse experto y lego sólo es una respuesta aprendida en el sistema social
y una pluralidad de actores individuales que interactúan entre sí en una
situación (Parsons, 1999: 19). De este modo, la relación experto-lego en la
situación planteada está mediada y definida por un sistema de símbolos
culturalmente estructurados y compartidos.
En el análisis del
experto y el lego, se debe considerar que si se conocen los esquemas de
percepción de ambos, sus prácticas serán predecibles. Y, por otra parte, ambos
conceptos, el de experto y lego, se entenderán como categorías abstractas
producidas colectivamente por la sociedad o también denominadas representaciones colectivas a las que
hacía alusión Durkeim (1995: 5-6). Para este autor, el mundo social puede ser
entendido y explicado como una estructura moral conformada por una convención
de costumbres, ideales y normas cuya organización puede ser objeto de la
comprensión racional. De este modo, experto y lego conforman la estructura
sanitario-alimentaria, sostenida por una serie de normas que la convierten
realmente en una estructura moral, donde experto y lego interactúan.
Las funciones de
ambos actores al entrar en contacto con los distintos acontecimientos alimentarios,
tienden a equilibrarse y a reglamentarse, y esta adaptación sólo se convierte
en regla de conducta cuando un grupo la consagra con su autoridad. Nuestro
estudio, muestra que es obligatoria la autoridad en cualquier situación alimentaria
tanto para el experto como para el lego, ya que esto supone el mantenimiento de
un equilibrio necesario para ambas partes. Por un lado, el experto realiza su
papel manteniendo la potestad del saber experto, mientras que, por otro, el
lego adapta su conducta a esa autoridad, pues el consumidor no es una masa
pasiva, sino que actúa con distintos matices teniendo en cuenta o no, esa
autoridad experta.
Por otro lado, la
estructura sanitario-alimentaria mantiene por sí misma una supremacía moral
necesaria que permite la creación de modelos de conducta, tanto para el experto
como para el lego, que regirán sus relaciones, así como reglas jurídicas en
esta estructura que conjuntamente con las reglas morales, obligan al individuo
a obrar según fines que no le son propios, a hacer concesiones, a consentir
compromisos y a tener en cuenta intereses superiores a los suyos (Durkheim,
1995: 268).
En el mismo sentido,
desde la teoría de las representaciones sociales, se considera que tanto la
figura del experto como la del lego en la estructura sanitario-alimentaria se
vinculan a conceptos como ideología, acción o modos de comportamiento,
configurando el tradicional debate entre la relación o causalidad de
representaciones y prácticas sociales. Estas representaciones sociales, como
bien afirma el psicólogo social Moscovici (1981, 181), son un conjunto de
conceptos, declaraciones y explicaciones originadas en la vida cotidiana
durante el transcurso de comunicaciones interindividuales.
“(…) si le
preguntáramos a una persona de la calle, lo que te estoy planteando, seguro que
me daría la razón,…el consumidor prefiere creer en nosotros, porque el
no sabe ni tampoco tiene por qué saber..entonces no entiendo cuando se
plantea la relación con el consumidor de problemática…ahora si se meten por medio
políticos y medios de comunicación (…)” (Experto, Licencidado en Biología)
El comportamiento
del experto tiene un significado social. La posesión del saber científico no se
puede aislar de lo social.
En la misma línea, Jodelet
entiende el análisis de las representaciones en relación con los procesos de
dinámica social y dinámica psíquica: debemos
tener en cuenta, de un lado, el funcionamiento cognitivo y el del aparato
psíquico, del otro, el funcionamiento del sistema social, de los grupos y las
interacciones, en la medida en que ellas afectan la génesis, la estructura y la
evolución de las representaciones (1989:41). De este modo, en la construcción de las representaciones sociales intervienen los
procesos mentales cognitivos de carácter individual, y los procesos de
interacción y contextuales de carácter social y en este sentido, tal y como
advierte este autor, las representaciones sociales constituyen el producto y el
proceso de apropiación de la realidad como elaboración psicológica y social,
que tanto el experto como el lego hacen de la misma.
Siguiendo con las
reflexiones de Denise Jodelet, el ser humano necesita identificar y resolver
los problemas que le plantea el mundo que lo rodea, y por eso se fabrican
representaciones que guían la manera de nombrar y definir en conjunto
diferentes aspectos de la realidad cotidiana, y la forma de interpretarlos y de
enfrentarlos (1989:31). Para esta autora, pensar en representación es primero,
establecer imágenes que condensan un conjunto de significados, sistemas de
referencia que permiten interpretar lo que sucede, e incluso, dar un sentido a
lo inesperado. En segundo lugar, facilita el hecho de configurar categorías que
sirvan para clasificar las circunstancias, los fenómenos y a los individuos con
quienes se tiene algo que ver. Y, por último proporciona la elaboración de
teorías que permiten establecer hechos sobre ellos" (1993: 472).
En la misma línea,
Lahlou (1998: 11-13) reflexiona sobre el proceso representación-representación social. Para Lahlou representación y
estructura están íntimamente unidas y, de esta forma, términos como
representación, construcción, percepción y acción, designarán tanto el proceso
como los resultados. Expresiones como “este
es un alimento que cumple las garantías que regulan la calidad alimentaria”,
son comunes en el experto y fruto de un proceso que proviene de la estructura
sanitario-alimentaria a partir de la representación o la manera de interpretar
la realidad cotidiana. Lo social se inserta a partir de ciertos códigos,
valores, ideologías relacionadas con posiciones sociales específicas, y a
través de un contexto, en este caso el sanitario-alimentario, se sitúan los
individuos y los grupos, el experto y el lego, cada uno con su bagaje cultural
(Jodelet, 1993: 497), poseedores de códigos que expresan valores e ideologías.
El experto expresa esta serie de códigos en su discurso, pues palabras como calidad y conocimiento, facilitan su posición en la estructura
sanitario-alimentaria y, de esta forma, tanto experto como lego expresan su
identidad a partir del sentido que confiere su representación.
El lego no es
competente “técnicamente” y ha de aceptar al experto alimentario por su conocimiento y por la autorización que
éste le confiere. Las investigaciones a partir de disciplinas como la
psicología social se centran en el análisis de la conformidad y la obediencia a
la autoridad, así como en modelos cuyas bases se apoyan en el poder social.
Éstos han ayudado a explicar la trasgresión de las normas, las prescripciones y
regímenes terapeúticos (Raven, 1988 y Harrison, Caplan, French y Wellous, 1982;
Myers, 2004). Bajo el punto de vista de
“(...)
en cierto modo es que los científicos lo hemos hecho mal, no hemos actuado con
coherencia a la hora de explicar lo que sabíamos...pero aunque el consumidor
se queja, bueno pues sí, pero en otros momentos aun teniendo claras las
recomendaciones que se han hecho desde la ciencia, no han hecho caso (...)
pongamos por ejemplo las enfermedades cardiovasculares y su relación con la
alimentación, ¿acaso los expertos en alimentación no le han dicho claramente
las prácticas correctas? Pues sí, ellos saben que tienen que comer verduras
y frutas (...) pero no lo hacen..al igual que ellos se quejan de que
no lo hemos hecho bien, tampoco ellos lo hacen (...)”
(Experto: Diplomado en Nutrición)
“(...) con esto de las vacas locas, es que ha
sido un lío, unos decían una cosa y otros al día siguiente la contraria,...¿qué
qué me parece? Pues que los científicos son eso, científicos, y deben
decirnos la verdad y si no la saben pues que la digan (...)” (Consumidor,
mujer51 años, estudios básicos)
Se reafirma la
posición de autoridad del experto en tanto que es un científico. Esta cuestión remite a la polémica entre el saber
experto y el saber profano. Un ejemplo muy ilustrativo es el que se produce en la
relación médico-paciente (Soler y Gutierrez, 2008) respecto a si debe o no ser
informado, cuándo y cómo. Del mismo modo que sobre el médico recae todo el peso
de la responsabilidad del cuidado al paciente, el experto alimentario bajo la perspectiva lega en una situación alimentaria,
tiene una responsabilidad similar. Este proceso va más allá del mero estudio
del cumplimiento o no por parte del lego de las prescripciones expertas. Desde
Llegado a este punto,
se utilizan las aportaciones de Roter (2000) respecto a los tipos de control.
Estos autores establecen las tipologías según la relación médico-paciente, que hacemos
extensivas a la interacción experto-lego. Los cuatro prototipos de control son
el paternalista, el clientelista, el de mutualidad y el ausente,
de los que se destacan los dos primeros por ser los más útiles en la aplicación
a nuestro objeto de estudio.
El control tipo paternalista supone que el experto
domina la toma de decisiones respecto a la información, aunque se suponga que
éstas son tomadas para conseguir los beneficios máximos del lego. Este caso
supondría seguiría al pie todas y cada una de las normas establecidas por el
experto, el lego queda en segundo término y, en cierto modo, no interesa
su opinión. Al respecto, las entrevistas demuestran que en todo momento, el
experto evita el aislamiento del lego al igual que en la relación padre-hijo,
donde la autoridad paterna no abandona en ningún momento a su hijo, le
acompaña, le prescribe y dirige continuamente. Desde una perspectiva experta,
en su elección muchos confiesan que es el mejor modelo:
“(…) Mira, yo estoy
deacuerdo en que se le diga la verdad, pero el que no entiende, digamos que se
pone nervioso (…). Pues; ¿porqué molestarle? Es mejor que no se entere, le
privamos del sufrimiento de pensar si lo que come es seguro y nosotros hacemos
mejor nuestro trabajo. Ya sé que es muy duro lo que estoy diciendo (…)” (Experto, químico)
Entendemos que esto
no es más que un intento de dirigir al lego evitando así cualquier
cuestionamiento de la labor experta.
El modelo clientelista se manifiesta con mayor
frecuencia en las entrevistas realizadas durante la crisis de las vacas locas y
después en una situación de tranquilidad alimentaria. En éste se invierte la
relación de poder, y es el lego el que solicita del experto información sobre
el tema alimentario en cuestión. A ese respecto, Reeder (1972) advierte ya el
cambio en esta relación en la que el consumidor es el cliente que exige al
profesional. Así consideramos que cuando aparece una crisis alimentaria, la
relación experto alimentario-lego
queda sumida en una transacción mercantil, donde es el lego el que se convierte
en consumidor de información mientras que el experto alimentario es obligado a convertirse en un proveedor de la
misma.
“(...)
la verdad es que cuando ocurren estas cosas, tenemos que saber estar al nivel,
la verdad es que se nos exige demasiado (...) Estamos a merced de un
consumidor que quiere que le digamos todo, pero realmente no sabemos todo”
(Experto, Licenciado en Veterinaria)
En este caso, el
consumidor es percibido por el experto como un cliente alimentario que le
exige, por un lado, soluciones y, por otro, toda la información. A diferencia
del anterior modelo, el experto percibe al lego en su estatus de cliente, igual
o superior a él en el momento en que está
a merced de un consumidor que quiere que le digan todo.
“(...)
ahora parece que ya se sabe todo lo que hace unas semanas no se sabía (...)
¿entonces para qué son científicos? Estamos de acuerdo en que no todos
podemos serlo pero no somos tontos (...) tenemos derecho a saber y a que nos
expliquen” (Consumidor, hombre 67 años, estudios superiores)
Las exigencias
expresadas por este consumidor dan idea de una situación que en nada se parece
a la sumisión y pasividad del lego en el modelo paternalista. Por el contrario,
el lego como cliente es capaz de cuestionar la labor del experto poniendo en
peligro la legitimación de este último.
“Dicen
que ahora se tiene en cuenta al consumidor y yo pienso que eso es lo que
parece, pero lo que cuentan son otros intereses (...) aunque ahora los
medios de comunicación reconozco que nos ayudan ya que nos dan la
información , que no es poco (...) antes se hacía y deshacía sin tenernos en
cuenta porque no lo sabíamos” (Consumidor, mujer, 56 años, estudios medios)
Pasar de ser sujeto
pasivo a ser cliente del sistema le permite una situación más favorable en
cuanto al conocimiento de la información.
Tanto en el modelo
paternalista como en el clientelista, cada una de las partes, profesional y
profana, asumen conductas más jerárquicas determinadas por un reparto de poder
(Rodríguez, 1995) en ambos sentidos.
El modelo de mutualidad supone una alternativa
moderada respecto de las anteriores tipologías, donde tanto el experto como el
lego tienen responsabilidades únicas, y entre ellos se establece una relación
consensual, no obligatoria, con una voluntad clara de negociar por lo que cada
participante se beneficiará de la relación. Durante los momentos álgidos de la
crisis de las vacas locas, no se observó en las entrevistas esta relación
consensuada entre el experto y el lego.
Por último, el modelo
denominado ausente se caracteriza por
una desaparición total de control, tanto por el enfermo como por el médico y,
si se aplica a nuestro caso, en la relación experto-lego, no se encuentran
datos que muestren el desarrollo de dicho modelo, pues las referencias al
control sobre todo durante la crisis alimentaria están siempre presentes.
Uno de los aspectos
más interesantes que ponen de manifiesto la supremacía del experto como
autoridad frente al lego, es el uso que el experto
alimentario da a la jerga médica. En el discurso científico, el uso de este
lenguaje forma parte de la conducta del profesional:
“(…)
es que es algo difícil, lo que nadie se plantea es que es difícil intentar
explicar lo que es un prión, para alguien que no sabe nada de micro
o de química, ¿entiendes?(…) después se quejan que no entienden pero creo que
deberían entendernos a nosotros”(Experto: Licenciado en Biología)
Justificar el uso del lenguaje científico forma parte de su
legitimación. En primer lugar, porque el experto alimentario considera
que es el único camino para explicar el proceso científico, y, en segundo
lugar, porque el rol experto se mantiene a partir de la falta de entendimiento
por parte del consumidor.
“cuando
hablan así, la verdad es que al principio no te enteras, pero luego
te explican por la tele una serie de cosas y ya vas cogiendo “el
tranquillo”(…)También al principio los científicos hablan así porque no
quieren que nosotros nos enteremos (…)” (Consumidor, mujer, 66 años,
estudios básicos)
La percepción del consumidor no es que él no sabe, sino que es
responsabilidad del experto hacerse entender y, a ese respecto,
considera como una simple argucia del experto alimentario porque en el
fondo quiere que no se enteren los consumidores y, de este modo, señala
cierta culpa del experto en esta falta de entendimiento lego.
Entre las razones
argumentadas por el experto tanto para no dar cierta información, como para
expresarse utilizando la jerga científica, es la incapacidad del lego para entender y, de esta forma, el anterior
experto manifiesta: “es difícil explicar para alguien que no sabe nada”.
Para Freidson (1970),
el profesional considera al profano como incompetente para comprender o
afrontar emocionalmente la información y, en cierto sentido, esto justifica
el mantenimiento de infantilización del
lego, pues el experto alimentario
no considera al lego como un adulto responsable capaz de entender y, en
consecuencia, desarrolla su proteccionismo evitando la alteración emocional
ocasionada por el miedo o la intranquilidad con respecto a lo que puede o no
debe comer. En la misma línea, Rodríguez (1995:137) afirma que el saber produce
estrés en el paciente y aumenta la probabilidad de una reacción emocional
negativa.
“Hay
que llevar mucho cuidado con lo que dices, porque puedes alarmar a la
población porque se pueden imaginar lo que no es (...), y si no pase nada, eso
no interesa a nadie”(Experto: Médico)
“cuando se
nos acusa de que estamos con miedo y no compramos, puede parecer que nos hemos vuelto locos y
que lo que diga la tele (…) es lo que vamos a hacer (…) en el fondo a veces he
pensado que lo único que les interesa es que compremos y no dejemos de
comprar (…)”(Consumidor, mujer 48 años, estudios superiores)
Bajo una percepción
experta al consumidor le cuesta entender y afrontar emocionalmente la
información.
Al respecto, Mckinlay
(2005: 3-11) advierte, refiriéndose al profesional médico pero que se hace
extensible al experto alimentario,
que los médicos subestiman lo que los pacientes son capaces de entender y, de este
modo, también reflexiona sobre cómo los pacientes no se sienten preparados para
comprender el vocabulario técnico, pero sin embargo, el médico continúa
usándolo.
Si se tiene en
cuenta, por un lado, que el uso de la jerga experta demuestra su competencia
profesional (Rodríguez, 1995: 136), y, por otro, que un profano informado tiene
mayor capacidad para cuestionar la labor experta, va a existir en el experto un
intento por mantener su autoridad a través del saber expresado en lenguaje
científico, al tiempo que el profano no le queda más remedio que aceptar esa
autoridad. Por otro lado, el control del experto a través de su jerga, le
permite mantenerse en los medios de comunicación haciéndose un hueco en el
espacio público junto con los demás actores sociales.
REFLEXIÓN FINAL
La relación
experto-lego se manifiesta en la esfera pública percibiéndose en los distintos
ámbitos donde se desarrolla el conocimiento científico, pero es cuando éste ha de conectar con lo social
cuando desde la antropología se analiza especialmente esta conexión. Esta reflexión da paso a la profundización en la
relación que establece el experto con la institución que lo mantiene así como
con los medios de comunicación a través de sus discursos.
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[1] Dra.
en Antropología Social y Cultural. Actualmente imparte la materia: Antropología
de
[2] Este
artículo es una reflexión muy reducida de la investigación realizada para la
tesis doctoral. En prensa en la editorial Icaria (2009-10).
[3] Luckmann
(1996:142), nos remite a este término para hacer referencia al conjunto de recuerdos transmisibles con
relativa facilidad. Para este autor, la
institucionalización comporta una utilidad social de conjunto, porque organiza
económicamente la acción social como un desfile de conjunto de muchos hombres,
(...) la institucionalización se parece
a la introducción de pasos similares. Esta estandarización de conductas
constituyen la base del orden social.
[4] Para el
filósofo y sociólogo alemán Arnold Gehlen (1956: 236-240), la descarga es una función secundaria de
las instituciones, por la cual “las
instituciones descargan a los individuos de la motivación subjetiva y de las
constantes improvisaciones en las decisiones a tomar en cada caso,
convirtiéndose entonces en una respuesta “socialmente aceptada”. De este
modo, la respuesta como forma de actuar,
sentir y pensar, queda en el mismo acto armonizada, coordinada con el resto de
individuos con los que interactúa”.
[5] La inconsciencia grupal hace referencia a las formas de pensar, sentir y actuar que
“destapadas” en un intento de hacer consciente lo “automático”, ponen en
entredicho su soporte científico.
[6]