Sincronía Winter 2004


Rodolfo Usigli y “Corona de sombra”, un cuento de hadas del siglo romántico

Roberto Perinelli

Buenos Aires, Argentina


(Centenario del natalicio de Rodolfo Usigli 1905 – 2005)

 

 

I. Presentación

 

            “Soy completamente feliz aquí; y Max también. La actividad nos sienta bien: éramos demasiado jóvenes para no hacer nada”

Párrafo de una carta de Carlota a su abuela

 

El dramaturgo mexicano Rodolfo Usigli (1905-79) escribió “Corona de sombra” en 1943 y la subtituló pieza antihistórica en tres actos y once escenas. El estreno se produjo cuatro años después, en 1947, en el teatro Abreu de la Ciudad de México, con dirección del autor.

Consultando su obra, se advierte que Usigli es afecto a los subtítulos, los usa para tomar posición de antemano, apenas el lector accede al texto: “teatro a tientas”, “comedieta”, “moraleja en 3 actos”, “comedia sin unidades”, “farsa impolítica”, “estudio en intensidad dramática”, entre otros.  En el caso de “Corona de sombra” el subtítulo de pieza antihistórica entraña la decisión de ponerse en contra del lugar que la historia oficial de ese tiempo le dedicó a un hecho de gran relevancia histórica para México: la instalación en 1864 (exactamente el 28 de mayo) de Maximiliano y Carlota como monarcas del Segundo Imperio mexicano[1]. En palabras más crudas, la  sujeción de la vida política mexicana a los intereses imperiales de Francia, mediante la instalación en el fastuoso palacio de Chapultepec de una pareja de monarcas europeos en una tierra convulsionada por los enfrentamientos ideológicos, que desde que obtuvo la independencia, en 1821, hasta 1863, año en que se produce el arribo de Maximiliano y Carlota, al decir con palabras de Usigli, “había padecido cuarenta y tres presidentes”.

Conviene tratar la condición de antihistórica de “Corona de sombra” más adelante, cuando se analice el prólogo de Usigli que antecede al texto de la pieza, donde ofrece una explicación acerca del término empleado en el subtítulo.  Sí es momento para señalar la necesidad de un marco histórico previo a la lectura de la obra, a condición de que sin este requisito las sombras se hagan oscuridades. Es lícito que, como confiesa Usigli, en la pieza se adviertan anacronismos y, desde ya, situaciones dramáticas que estuvieron lejos de ocurrir. Se trata de la libertad del poeta legitimada desde hace tiempo por Aristóteles (“Es privilegio del novelista manipular la historia en beneficio de la ficción” acierta Arturo Pérez Reverte en “Cabo Trafalgar”), pero la interpretación poética de los hechos tiene los límites que propone el referente, y el conocimiento del referente es dato indispensable para el lector de “Corona de sombra”.

Es por eso que esta monografía contará con un primer tramo donde se desarrollará el contexto histórico de ese México imperial, fugaz y trágico, apelando a fuentes que más o menos reflejan lo que podríamos mencionar la historia oficial del asunto.

A renglón seguido, y tal lo prometido,  desarrollaré las opiniones que el autor desplegó en el prólogo ya citado, para continuar con el agregado de una carta (titulada “Carta crítica”) de Marte R. Gómez, donde el firmante reconoce la libertad poética del artista ante los hechos que relata, pero como la materia tiene una carga histórica de indudable peso, opone una visión de Maximiliano y de Carlota bastante distinta a la del dramaturgo. La importancia de esa carta debió ser mucha, para el autor o para el editor, ya que está publicada a la manera de epílogo del texto publicado por la Editorial Porrúa y, por lo tanto, en aptas condiciones de ser utilizada para este trabajo.

Se debe sumar en cuarto y último término el análisis dramático de la obra, su estructura profunda y superficial y los aspectos verbal y semántico.

 

 

II. Contexto histórico

 

Carlota: Luces, ¡pronto!. ¡Luces!

Rodolfo Usigli, Corona de sombra

 

La iniciativa de coronar a Maximiliano y Carlota correspondió a Napoleón III, emperador de Francia.  En esto coinciden todas las fuentes y también Usigli; fue obra de este sobrino de Napoleón Bonaparte (algunos dicen su hijo ilegítimo) que la pareja (él un Habsburgo de Austria, ella también Habsburgo, princesa de la casa real belga) haya terciado en la terca puja que en territorio mexicano, y desde hacía mucho, libraban conservadores y liberales o republicanos.

Las razones parecen haber sido muchas y el peso de ellas fue variando a medida que la aventura avanzaba, hasta el punto de que en 1867 restaron muy pocas para seguir sosteniendo un reinado lleno de complicaciones y, lo peor, fuertemente oneroso para el tesoro de Francia, que había destacado una buena cantidad de soldados en tierra americana, a los cuales había que pagar, alimentar y armar. Napoleón III retira las tropas y el imperio ya deteriorado se derrumba.

Pero hasta entonces la medida política del monarca francés de invadir México tuvo justificaciones.

La oficial, endeble primera excusa, fue el rechazo a la medida unilateral del presidente mexicano Benito Juárez, quien el 17 de julio de 1861 firmó el decreto de moratoria que suspendía por dos años el pago de todas las deudas públicas contraídas con las potencias extranjeras. La reacción provocó el ataque de una coalición formada por tres naciones acreedoras – España, Inglaterra y Francia -, que enviaron sus escuadras para invadir México a través del estado de Veracruz. Hubo tratados posteriores que aceptaron tanto España como Inglaterra, que se retiraron de México, pero que fueron rechazados por los franceses, que para quedarse guardaban diferentes intenciones a las de las otras dos potencias y que a continuación se explican.

Los historiadores dan como primer interés de Napoleón III la intención de crear un estado fuerte en América del norte para frenar el crecimiento de los Estados Unidos, un enemigo que podría actuar desde afuera de Europa alterando un sistema de fuerzas mundial  que los europeos parecían saber manejar por sí solos, pero posible de desbarrancarse si se producía  la intrusión de una potencia ajena y lejana.  El momento era propicio, EE. UU. estaba distraído con la Guerra de Secesión (1861-64) y su capacidad de responder con lo que después fue una bandera infranqueable - «América para los americanos» - era nula. Por otra parte los franceses aspiraban a tomar ventajas del clima bélico, apoyando el bando sureño, a la sazón perdidos en la guerra civil,  al cual trataron de complicarlo en un proyecto de colonización estadounidense en el estado mexicano de Sonora.

El ofrecimiento de un trono tan lejano para Maximiliano y Carlota significaba también para Napoleón y las otras coronas europeas nada más y nada menos que sacarse un problema de encima. Cuando Maximiliano tuvo cargos – gobernador del reino de Lombardía y Venecia -  actuó con una impronta democrática inaudita para un monarca, situación que obligó a relevarlo de esa función. Maximiliano resultaba irrecuperable, sus liberales ideas de gobierno, que Usigli designa como decididamente románticas, eran inaceptables. Maximiliano, desplazado del poder,  se había recluido en su castillo de Miramar, muy cerca de Trieste. Sin embargo sus títulos -  Archiduque de Austria y Príncipe de Hungría y Bohemia -, le daban crédito para aspirar a algunos de los tronos de frecuente vacancia. Destinarlo a México fue una solución.

Por otra parte en México se había incubado un sentimiento de necesidad respecto a contar con un monarca de estirpe sentado en el gobierno. Esto no resulta ni curioso ni insólito, sino avatares del siglo. A poco de obtener la independencia algunas de las nuevas naciones americanas se plantearon el recurso, entre ellas la nuestra,  donde se aspiró al reinado de un príncipe o princesa europea o de un rey inca, maniobras donde algunos historiadores involucran a Manuel Belgrano y a San Martín cuando liberó Perú.

En México eran los conservadores quienes fogoneaban el proyecto (enviaron una delegación a Francia para interesar a Napoleón III),  enfrentados por supuesto con la franja liberal liderada por Benito Juárez, quien prácticamente cogobernó el país mientras duró el breve poder de Maximiliano.

Fue por eso que los conservadores recibieron con beneplácito a los monarcas que le enviaba Francia. Algunas fuentes aseguran que el general Miguel Miramón (1832-67)[2], tildado de traidor a la patria por la historia oficial,  falsificó los datos de alguna tosca estadística que señalaban la adhesión que el pueblo mexicano sentía por Maximiliano. En “Corona de sombra” se mencionan estas estadísticas, Miramón, personaje de la obra, las enarbola cuando siente que el emperador se queda sin aliento, pero Usigli no arriesga acerca de la veracidad o falsificación de las mismas.

La causa más débil  parece ser aquella que indica la intención de Francia de ampliar su presencia colonial en el mundo, anexando un gran país de América. Lo que contribuye a desmerecer semejante objetivo es que Francia nunca sintió gran preocupación por esa causa y la rapidez con que Napoleón III se liberó del compromiso. La justificación del excesivo costo de la empresa, de la cual se apropia Usigli para que el Napoleón de ficción la emplee ante el desesperado pedido de ayuda de Carlota en “Corona de sombra”, parece muy pobre y muy distante del poder que en ese entonces tenía Francia. Pero, como se dijo, el poder estaba repartido, Maximiliano lo compartía con un mexicano: Benito Juárez.

            Benito Juárez, hijo de una familia indígena, nació en Oaxaca en 1806 y durante la primera parte de su vida solo conoció el idioma zapoteca. Su origen de cuna fue una marca que despertó adhesiones y rechazos durante todas sus gestiones, signos que por otra parte Juárez se dedicó a reforzar cuando ya en posesión de su profesión de abogado comenzó su carrera defendiendo a las comunidades indígenas, interiorizándose de problemas y conflictos étnicos subyacentes aunque explosivos. Como político inició su carrera en su ciudad natal, a la cual representó como diputado provincial y después gobernó, en 1847. Su adhesión a la causa liberal, afianzada a través de sus acciones de gobierno en Oaxaca – ejecutó obras públicas en beneficio de toda la población, promovió la educación fundando escuelas de segundo nivel, desconocidas en la región y, sobre todo, equilibró las finanzas dejando excedentes en el tesoro -, fueron las causas de su destierro en Nueva Orleans.

            En 1855 regresa al país y al gobierno mediante diversos cargos, hasta que en 1858, y en medio de un generalizado estado de confusión política, fue designado presidente de la república, en Guanajuato.

            Fue entonces que puso en marcha leyes que marcaron para siempre el derrotero de la nación mexicana y que por su contenido revolucionario provocaron la reacción de los conservadores. La ley sobre matrimonio civil y sobre registro civil, así como la de panteones y cementerios, que le quitaba a la Iglesia la potestad sobre los oficios fúnebres y los pasaba al estado, fueron los conflictos originarios que lo enfrentó al clero, situación que se hizo mucho más áspera cuando Juárez declaró la independencia del estado de la Iglesia y a renglón seguido expropió todos sus bienes para beneficio de la nación.

            Esto explica el cálido recibimiento que la Iglesia le brindó a Maximiliano. La intención, muy marcada por Usigli en “Corona de sombra”, era que el soberano reviera esas medidas juaristas y reinstalara al clero en la situación de privilegio que gozaba antes de las medidas del presidente «indígena».

            Por extensión, y de algún modo Usigli lo señala en su obra, el Vaticano participó del proyecto precisamente a pedido de la iglesia mexicana. La complicidad pontificia es marcada por Usigli en la escena en que Carlota, puesta en desesperada embajadora del imperio agonizante, viaja a  Europa y entrevista al Papa Pío IX.

            Las formalidades institucionales que no se pudieron aplicar en 1858, cuando Juárez fue designado presidente en Guanajuato, pudieron cumplirse en 1861 cuando, aplastante triunfo de los liberales mediante,  fue elegido nuevamente presidente constitucional. La invasión francesa lo obligó a alejarse de la ciudad de México y desde fuera de la capital compitió con los monarcas en el gobierno del país. Fue Juárez quien, en 1867, ordenó el juicio sumarísimo que decretó el fusilamiento de Maximiliano y sus seguidores (entre ellos Miramón) en el Cerro de las Campanas de Querétaro. Fue reelecto presidente por última vez en 1871, falleciendo el 18 de julio de 1872.

            Mas que por las divergencias, que para algunos resultaban lógicas y beneficiosas para sus intereses (la Iglesia entre ellos), Juárez y Maximiliano estaban unidos por las coincidencias. Las ideas del presidente indígena no estaban muy lejos de las del Habsburgo, lo que hizo que a muy poco de su arribo el emperador perdiera el apoyo y la confianza del bando conservador y nunca obtuviera, a cambio,  la simpatía de los liberales.

            En su obra, Usigli resalta la adhesión del príncipe a las ideas del mexicano, e indica el énfasis que el monarca puso en defender la vida de Juárez, sea esto cierto o no, en medio de la carnicería que las tropas francesas ejercieron sobre toda la franja opositora.

            Maximiliano (nacido el 6 de julio de 1832) apoyó las medidas de Juárez que la Iglesia entendía se habían arbitrado en su contra (las Leyes de la Reforma), mantuvo la libertad de culto (jurisprudencia que los franceses habían establecido en todos los territorios europeos conquistados, con excepción de España). repartió tierras entre los campesinos mediante una ley agraria que algunos historiadores indican fue redactada por Carlota, también al frente de una flamante sociedad de beneficencia, y mantuvo el derecho de voto de la población de toda condición. Asimismo se abolieron por decreto real los castigos corporales y se pactó una justa limitación de las horas de trabajo.

            La falta de apoyo interior – la mayoría de los conservadores se fueron alejando de la corona -, el rechazo de la Iglesia, la intervención norteamericana que, superada la Guerra de Secesión, se puso de parte de los liberales juaristas, y la