Sincronía Verano 2006


Andalusia

Cristina Preciado

Universidad de Guadalajara


 

 

Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar:

tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,

guarda , niña, un gentil pensamiento

al que un día te quiso contar

un cuento.

Rubén Darío


I. El jardín detrás de la puerta del jardín

El día que me marché de mi pueblo no se lo dije a mi abuelo. Pero él ya lo sabía. La edad y la salud le habían ablandado ciertas durezas —que en casa paterna habían sido resistidas según se contaba, con paciencia epopéyica— de modo que en lo concerniente a las dos únicas nietas nunca se manifestaron. De hecho era mi cómplice de música y cuentos; en algún punto de nuestra historia de familia fue la nieta la que comenzó a contar historias interminables y el abuelo el que las escuchaba. A veces, en tiempos de diciembre la oscuridad se cernía alrededor de nosotros y yo tenía miedo, mi abuelito venía de épocas de escasez y por tanto nunca llegó a confiar del todo en la abundancia, así que era un rotundo gesto amoroso prender las luces para iluminarme.

Así que en los últimos años a la hora en que la tarde caía siempre había en la habitación que daba a la calle, una luz encendida en señal de espera. Otras ocasiones, como niño se escondía en la penumbra y yo, que a pesar de la oscuridad me sabía el camino, lo desandaba un poco llamándole a voces y si no respondía, a pesar de su evidente silueta, me retiraba: la verdad es que la nieta hablaba demasiado y a cierta edad la palabra agobia a los viejos y prefieren el silencio como compañía.

Terminado el bachillerato y habiendo hecho trámites universitarios, me había prometido a mí misma regresar pero quizá mi abuelo sabía que las luces de la Gran Ciudad deslumbran demasiado y los más de los muchos comienzan alargar sus estancias hasta quedar absorbidos por el flujo urbano. Ese verano del 92 fue el último al lado de mi abuelo, la enfermedad lo había minado y antes de las vacaciones de invierno él se había marchado. Fue en el mismo agosto cuando regresé a su lecho y junto a él había unos lirios cortados del patio de la casa. Fue la última vez que regresé y la Hora fue áspera porque por vez primera la casa estuvo realmente vacía.

Es de esos lirios y del patio de mi abuelo de lo que quiero realmente hablar en este Mediodía —de mi vida— y decirles que si nunca he estado en las Tierras meridionales de España tan distintas, colindantes sí, pero tan distantes de Castilla la Nueva o no se diga de la Cataluña, Andalucía me floreció en el patio de mi abuelo.

Me explico. El espíritu de Andalucía salió hacia América por Huelva, del puerto de Palos de la Frontera en 1492 año en que los Reyes Católicos dan por terminado con la expulsión de los judíos y la conquista del reino de Granada a uno de los periodos espirituales más fértiles que —de acuerdo con el enfoque crítico de la historia sinfónica propuesta por Waldo Franck en su clásica España virgen— había producido una nueva España meridional: un solo pueblo en el que, sin embargo, convivían tres Ideas. La cristiana era la menos consciente, la menos activa; la judaica era una minoría insidiosa; la mahometana era la que dominaba. Las tres Ideas encarnaron en seres humanos y los seres humanos eran virtualmente uno solo.De modo que las conquistas católicas que tuvieron evidentemente primero un propósito de expasión territorial en España y luego en América son de urdimbre islámica:

Puesto que la Idea del Islam no puede echar jamás raíces […]es como la naturaleza del explorador […] —los movimientos, la violencia, la adquisición y la conquista— conserva la Idea de las razas del desierto que se mueven siempre hacia los horizontes, y la Idea no el horizonte ni el agua que haya tras él; es el eterno movimiento hacia una meta inconquistable. […] La verdadera vida […] es aquella hacia la cual nuestros días mortales son un incesante movimiento. La vida verdadera, pues, está detrás de la muerte, que es realmente nuestra vida.

W. Franck: 1927, pp. 55–56.

Así pues, este gesto del espíritu responde a la obcecada obsesión natural a todo hombre de recobrar los espacios perdidos: en 1492 eran ahora las tierras montañesas de Aragón y las áridas de Castilla —unificadas por un aliento católico de consolidación religiosa— las que tenían sed y guerra. Hacía siglos que el Árabe, cuya vida ha sido —por esencia del Islam— la guerra, había deseado la permanencia lejos de un Desierto que no cesa pero con la pérdida de Granada, los árabes debilitados por la paz volvieron a la Sed y a sus desiertos.

La raíz andaluza y su lengua derivada del castellano son las que llegaron y arraigaron en América latina. Acaso el asombro que produjo el sur de España a los tartesios, fenicios, romanos, visigodos, judíos y árabes sea similar al que los cronistas del Nuevo mundo describen: una ola de benigna quietud después de un viaje demasiado largo. Y ahora estamos aquí con una historia en común pero distintas voces para contarla.

Quizá muchos de los aquí presentes pudiéramos entonar esa "Balada del que nunca fue a Granada" de Rafael Alberti donde un cansado de la vida se renueva en esos inolvidables versos que vueltos peregrinos nos convocan a todos: ¡Qué lejos por mares, campos y montañas! / Ya otros soles miran mi cabeza cana. Nunca fui a Granada. / Mi cabeza cana, los años perdidos / Quiero hallar los caminos. / Nunca vi Granada. […] Dadle un ramo verde de luz a mi mano / […] Venid los que nunca fuisteis a Granada. / Hay sangre caída, sangre que me llama / […] Sangre por los mirtos y aguas de los patios / Entraré en Granada.

El acto de perder, incluso lo que aún no hemos ganado, constituye un acto soberano. El poema de Alberti es un espejo en el que se reflejan las aguas nunca contempladas del Patio de los Arrayanes de La Alhambra: hay arquitecturas que nos hacen pensar en el hombre; otras que nos hacen pensar en Dios, y otras que nos recuerdan la trágica lucha entre el hombre y Dios. La Alhambra […] está demasiado lejos del hombre; y demasiado lejos también de Dios. Es el Golem de los moros. Sin embargo el refinamiento árabe es la variante: las piezas del juego de ajedrez son las mismas. Por tanto ese Patio sin haberlo recorrido al igual que Alberti, me devuelve a mis primeros pasos: al patio de mi abuelo que como cualquiera de la provincia mexicana conserva tradicionalmente las características distintivas de la casa rural andaluza: un patio abierto a la luz con su pozo o pileta y cuyas habitaciones distribuidas de modo ajedrezado se cierran a la luz de la calle y se abren a la del cielo: la casa recata su intimidad cuidando que la posición de las puertas no coincida mediante un pasillo acodado que comunica el patio y la calle.

El centro gravitacional de estas casas es el agua y la luz: hay un reino vegetal que los reverencia con permanentes floraciones; por ello el agua de los patios y el ramo verde de luz que añora Alberti.

Para entrar al patio de mi abuelo podía ingresar por una puerta que daba al jardín de mi casa. Había pues entre mi casa y la suya un grueso muro enjalbegado. Se ingresaba por un pasillo estrecho, casi una cueva que al fondo dejaba ver como promesa un girón verde de plantas y al dar la vuelta, la ráfaga violenta de la luz. Antes que el asfalto sometiera los patios de las casas, el agua de la pila era la circulación del hogar. Cuando bruñía sus contornos y ocasionalmente se derramaba en casa de mi abuelo corría por una especie de cuneta que alimentaba al naranjo dulce y al agrio; al guayabo; al granado; al durazno; al limonero y a los dos arrayanes —el amarillo y el morado— que rendían la sombra de sus frutos. Era pues una linfa vital con su circulación interna.

I. la recolecta de los frutos

Había mañanas, después de las primeras lluvias que el piso estaba blanco de azahares y las abejas y mallates verdes provocaban su propia algarabía. La cetoína de los belenes y las malvas brillaban y mi abuelito reposaba las hojas de lechuga sobre las aguas antes de servírselas a sus canarios. Las partículas de luz sobre una hoja produce inusitadas reverberaciones.

En Octubre ya había acabado la recolecta hogareña de los frutos del patio de mi abuelo y los árboles comenzaban a dormir. Las golosinas se convertían en innumerables presentaciones de frutas en conserva que confieso haber rechazado a cambio de plásticos endulzados y masticables. Este arte de las frutas en almíbar que no viene de las tierras andaluzas ahora comprendo que en sus formas líquidas y ambarinas detienen primaveras para endulzar las horas de escasez. La palmera es una promesa de oasis en medio del desierto, no solo por la sombra sino porque rinden sus frutos, los dátiles, para la hora del reposo.

III. El agua, la música y la danza

Yo no conocí a mi abuela. Mi papá decía que cuando lavaba en la pileta cantaba, pero aprendí de otras personas esas íntimas confabulaciones y por eso nunca me ha sido extraño que junto al agua se cante. La mujer que se contempla en el agua murmura, hay una glosa entre ellas porque cuando se comienza a cantar así, hay un aire de queja. Quizá las sirenas han cantado siempre para ahogar sus propias voces: el agua aísla a todo el que busque su verdadero reflejo, de ahí que al igual que el canto suscite el silencio. Todo ser inclinado frente al agua está ebrio de lo incesante y puede declarar como el barco de Rimbaud: El mar […] / me hacía llegar sus flores de sombra / Y casi isla me quedaba, como una mujer arrodillada…

Por otra parte, el tendido de la ropa a fuerza del peso de una carga mojada hace que la mujer se hondee y acorte su paso para equilibrarlo. Se convierte en una columna adusta que equilibra en cada paso sus movimientos. La danza andaluza se le parece ya que se da en una plática inmovilidad en un marco tan pequeño como las fronteras ajedrezadas de un tablero. Quizá por ello otros juegos que nos vienen de tan lejos como la rayuela —bebeleche, en mi pueblo— o la petanca sean producto del azar y el equilibrio.La balarina andaluza es pues una columna de agua cuyos hombros firmes florecen de un torso fijo y abundante: la verdadera andaluza es robusta y es el reparto de su abundancia lo que es grácil, sus movimientos son embridados como esa jaca valerosa de García Lorca.

La música andaluza alberga las áridas curvas y superficies quebradas que se contemplaron en su composición procelosa de gitano y judío errante: es geológica e hidrográfica, añora el agua color azafrán de los ríos. La música y la danza de la bailarina andaluza son discordantes porque se andan como buscando: la danza es seca porque memora la ausencia de agua y el traqueteo de los pies agobia como las carreteras interminables: es un ritmo como de crescenso apresurado que se romper y retrocede y galopa contra sí mismo, de tal modo, que en realidad no avanza nunca

IV. La pérdida Del agua.

He querido hablar del agua desde su ausencia porque la que aquí he nombrado es histórica y los sucesos ya están hechos, apenas nos queda la interpretación de los mismos o bien, la he traído como una precipitación de recuerdos, pero solo son una mera evocación. Esta agua solo precipita memorias que de vez en cuando nublan la vista, suspende la cuadrada noción lineal del tiempo y deposita con perpleja gratitud en el olvido a los seres y a las cosas amainadas y por fin quietas.

Quizá todos llevemos puestos en la mirada un desierto que no cesa. Y tengamos una larga sed de amar. No existe nadie que no haya perdido algo en su ser mismo, nadie que no se haya perdido incluso. El Árabe ha contemplado siempre otra forma incesante de Océano, pero este solo rinde el espejismo como un anhelo que se marcha: por eso cultivó en el agua ese espacio de refracción que le devolvía sus propias imágenes, por eso un día de hace tantos siglos, deseo la paz:

Los historiadores dicen que Andalucía no pudo contener al árabe, que el árabe invadió las mesetas de Castilla y que solo un terco montón de vascos les retuvo. Los historiadores dicen que el árabe escaló la barrera abrupta de España y llegó hasta el otro lado más suave de los Pirineos de Francia y que, al fin, cerda de Poitiers, Carlos Martel los retuvo y los hizo retroceder para siempre. La verdad, sin embargo, es otra. No fueron los francos, sino la sonrisa del sur de España la que detuvo al Islam. […] El desierto, las montañas y la guerra incesante no podían debilitar el Islam, puesto que eran su alimento y su vida. Andalucía fue un veneno para ellos. Aquella tierra exuberante obró sobre el espíritu de los árabes y les hizo titubear y desistir.

Frecuentemente se pregunta: ¿Qué hizo el Islam de España? La primera respuesta debe ser otra pregunta: ¿Qué hizo España del Islam? Cuando los árabes llegaron ya estaba España allí. España era mucho más vieja que el Islam […]: Cartago vino y se fue. Roma decayó después de crear en España un espíritu que no se encuentra en ninguna de las partes del dominio romano.

En esta tierra meridional los judíos colaboraron con el gobierno en las ciencias y en el arte; los cristinos trajeron sus misterios y su música, se permitía la vida conventual, se desenvolvió una arquitectura nueva y la poesía y el pensamiento florecieron como yerba por los campos. […]

, Mahoma era sabio. Pero este reino del sur de España era un reino iluminado.

Waldo Franck: 1927, 54-57.


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